Cómo ser vegetariana en Colón… Entre restaurantes familiares y viandas

Cuando empezó el 2021 me propuse (entre otros objetivos) conocer todos los Parques Nacionales de Argentina. En mi viaje a la Patagonia fui a dos (Arrayanes y Nahuel Huapi) y en este nuevo periplo a Colón sumé el tercero. Pero no me voy a adelantar…

Comencemos por el principio. Colón fue para mi el inicio de lo que será una “seguidilla” de paseos por mi hermoso país; algunos con el auto, otros en avión, para contar la historia de esta vegetariana que dejó de lado muchos obstáculos y decidió hacerse camino al andar, como dicen popularmente.

Así fue cómo, con mucha ansiedad y algo de temor (voy a ser 100% sincera) me aventuré a manejar sola por la ruta. No es la primera vez que viajo con el auto -muchos de los paseos por los pueblos de Buenos Aires requieren manejar en ruta-, pero sí el bautismo de salir de mi Provincia e irme “lejos” de casa con la única y hermosa compañía de mí misma.

Me llevo muchas cosas para el camino: tarta de berenjenas, galletitas, fruta, agua, vaso térmico de café… una conservadora con comida para algunos días, un poco de ropa, un libro (Indomable, que se los recomiendo) y un cuaderno que me regaló mi amiga Clau para empezar a relatar estos viajes para “la nueva Yamila” que está resurgiendo.

Llego a Colón -ciudad que había visitado hace más de 11 años, en otra vida podríamos decir- a la tarde y luego de un descanso breve decido ir a saludar al río. No sé muy bien por qué, pero últimamente estoy conectando muchísimo con el agua dulce… Me llevo el libro, me siento en la costanera y me dispongo a disfrutar de un rato de desconexión de todo (menos de mí misma).

La casona de Turismo de Colón, frente al río.

Regreso renovada al departamento (a pocas cuadras) y me cambio para lo que será mi primera cena en la ciudad. El lugar elegido es Anthony Burger, una hamburguesería muy bien ubicada frente a una de las plazas de Colón, por la Avenida San Martín. Una esquina que llama la atención por su modernidad. El interior también está decorado de manera “actual” por decirlo de alguna manera.

Si bien el fuerte de Anthony son las hamburguesas de carne, tiene una línea Green con varias opciones veggies. ¡Y según me cuentan se piden bastante! Para empezar pruebo los nachos con queso cheddar acompañados de una cerveza artesanal. Luego, llega el momento del plato principal: una veggie burger con aros de cebolla que estaba espectacular. El ambiente es muy relajado, hay parejas, amigos, familias… la mayoría locales habitúes. ¡Lo paso espectacular!

Cómo ser vegetariana en Colón
La cena veggie en Anthony Burger de Colón.

Me despido de Anthony para regresar caminando (son solo 2 cuadras) al departamento y descansar para estar con todas las energías recargadas para el siguiente día.

El sábado me despierto temprano (aunque no tanto como esperaba, tuve que prepararme el desayuno para tomar en el auto) y voy directo al primer paseo del día: el Molino Forclaz, ubicado a las afueras de Colón. Tenía reserva para la visita guiada de las 9 hs (la entrada cuesta $150) y como me iba a pasar en otros lugares, ¡era la única turista! Me encanta tener recorridos personalizados, sobre todo porque soy bastante preguntona (y también muy atenta a las explicaciones, quiero aclarar).

Cómo ser vegetariana en Colón
El Molino Forclaz está a las afueras de Colón y hay visitadas guiadas.

Cuando termino la visita (recomendada para ir cuando hacen teatralizaciones) continúo por algunas calles no asfaltadas hasta llegar al centro de San José, una localidad pequeña pero con mucha historia. Estaciono en la plaza principal. A esa hora de la mañana (alrededor de las 10.30) solo se escuchaba el canto de los pájaros. Diviso una feria artesanal donde compro galletitas integrales a una señora muy amable y hago la vuelta a la plaza para ver la Municipalidad, la Parroquia y el Banco Nación.

Uno de los lugares que llama mi atención es el Museo Histórico Regional (entrada $50), ubicado en una antigua casona. Allí también recibo la atención personalizada de una guía amante de la historia local, con quien estuve recorriendo más de una hora las salas dedicadas a la inmigración en la región. Destaco que para ser un museo “regional” tiene muchísimos objetos interesantes y nada que envidiarle a los museos de las grandes ciudades.

Para ese entonces ya era casi el mediodía y mi plan era ir a conocer el tercer parque nacional del año: El Palmar. Desde San José el trayecto es de aproximadamente una hora. Ya había reservado mi lugar con anticipación por la web (la entrada para argentinos cuesta $230). No dan mapas físicos, pero es muy fácil de orientarse, ya que todos los senderos, tanto para el auto como para caminar están bien señalizados.

No almorcé más que las galletitas que había comprado en San José y una manzana que me había llevado. Hacía demasiado calor para ser fines de julio pero igual decidí caminar entre los senderos, encontrando en el camino varios carpinchos (el animal que más se ve en todo el parque), descansando frente a una cascada, admirando el río, escuchando a las aves… y nuevamente disfrutando de mi grata compañía.

El carpincho es el animal que más se ve en El Palmar.

Dicen que cuando una la está pasando bien el tiempo vuelva. Y entre tanta naturaleza pasaron 4 horas sin que me diera cuenta. El cansancio de tanta caminata más el calor se empezó a notar así que decidí regresar a Colón para un buen baño, una siesta tardía y un poco de relax.

Sin embargo, la tranquilidad no duró demasiado… ya tenía planificado dónde ir a cenar el sábado a la noche. También a dos cuadras del departamento (amo los lugares que permiten hacer todo caminando). El restaurante se llamaba Dreksoon y tenía una temática “interplanetaria”, con luces de neón, planetas pintados en las paredes y nombres de platos alusivos a las estrellas y galaxias.

Y lo mejor de todo… ¡una carta especial vegana! Los dueños no comen carne por eso es que decidieron que una buena parte del menú sea acorde a sus ideales. ¡Había muchas opciones! De entrada me sirvieron unos falafels con una mayonesa de zanahoria que estaban espectaculares. Y luego una pizza vegana con queso de maní y cuatro gustos diferentes, uno más rico que el otro.

La cena vegana de Dreksoon de Colón. Falafel (arriba) y pizza (abajo)

Por supuesto no me puede terminar toda la pizza, así que me llevé la mitad para almorzar al otro día. El ambiente de Dreksoon es más que familiar, en la mayoría de las mesas hay chicos, tienen una sala de juegos para los peques con una tele para ver cómo se están portando y el menú ofrece muchas opciones para los niños.

Domingo en Colón y el plan era caminar un poco por la mañana. Voy hasta la costanera y doblo a la derecha siguiendo la línea del río. A esa hora había mucha gente haciendo ejercicio, otros paseando a sus perros, algunos que ya se preparaban para un día hermoso y caluroso. Llegué hasta el Parque Quirós, el “pulmón verde” de la ciudad (aunque no creo que lo necesiten con tanta naturaleza alrededor).

Doy un par de vueltas y regreso a la zona del centro, a la Plaza San Martín con su casona de artesanos y algunos edificios históricos. Esta no es la plaza principal, donde está la iglesia y la municipalidad, pero es linda y está cerca de mi “zona”. Regreso para almorzar la pizza vegana en el departamento. La idea para la tarde era ir a las termas, sin embargo cambio de planes y decido ir a una localidad llamada Villa Elisa, a unos 40 km de Colón.

De camino pasé por un establecimiento productor de nueces pecán y además de comprar este fruto aproveché para llevarme varios regionales (cervezas, condimentos, miel, mermeladas) y tomarme un café con torta de nuez.

¿Qué podía hacer en un pueblo un domingo a la tarde, donde la siesta es obligatoria? ¡Pasear en trencito! En la vieja estación se armó un club de fanáticos de los trenes y los fines de semana hacen un pequeño recorrido en una zorra amarilla mientras cuentan historias del ferrocarril. Esta vez sí había otros turistas (locales), principalmente niños. ¡Volvía a mi primera infancia! Y experimenté una vez más mi amor por los trenes, quizás heredado por mi abuelo Roberto, que trabajaba en el ferrocarril en Montevideo.

El trencito de Villa Elisa hace un pequeño recorrido desde la antigua estación.

Al terminar el recorrido voy hasta el segundo atractivo importante de Villa Elisa: el museo histórico El Porvenir. Está ubicado en una antigua estancia (eso fue lo que más me llamó la atención, porque como me gusta decir, en otra vida residí en una estancia en plena pampa). Cuando llego, la guía me dice que en media hora empieza una visita, así que me siento a la sombra de un enorme árbol mientras como unos chipá que compré en el camino.

El recorrido por el casco original y los edificios anexados posteriormente dura aproximadamente una hora (la entrada cuesta $100) y luego podés quedarte en el predio el tiempo que quieras. Yo me fui apenas terminó la visita porque quería pasar por la plaza principal de Villa Elisa. A esa hora ya había más gente disfrutando al aire libre.

La Estancia/Museo histórico El Porvenir de Villa Elisa, más que recomendado!

Para mi última noche en Colón decidí ir a cenar a una cervecería cerca de la Costanera, frente a la casona donde funciona la Oficina de Turismo. Muy tranquilo por ser domingo, con gente mayormente local (cabe aclarar que fui durante las vacaciones de invierno y había bastantes turistas). Comí un sandwich veggie con una cerveza artesanal hecha en la ciudad.

Caminé despacio por la costanera para no despedirme tan rápido del río, de esa conexión tan hermosa que tengo con el agua dulce… la tranquilidad de una ciudad con alma de pueblo me hacía caminar lento, como los lugareños. No sé qué será que tienen estos lugares que me atrapan tanto, que me enamoran y que me invitan a sentirme una local más… y así, ensimismada en mis pensamientos, rememorando lo vivido el fin de semana, acompañada por un grupo de perros callejeros y agradecida por tanta felicidad culmino mi viaje por Colón.

Bonus Track: Cambio de planes y recorrido por Concepción del Uruguay

Lunes a la mañana preparo todo para irme de Colón, sin embargo, en lugar de seguir el camino hacia Buenos Aires, me desvío un poco del trayecto. Sin planes pero con muchas ganas de conocer esta ciudad, llego a “la histórica” Concepción del Uruguay y ya les adelanto que fue lo que más me gustó de mi viaje.

Arribo a Concepción a media mañana, estaciono en las cercanías de la plaza principal y me dispongo a encontrar una oficina de turismo, que no apareció por ningún lado. Pregunto en un local por algún hotel para esa noche. Me recomiendan uno histórico a pocas cuadras del centro. Lo veo por internet y me enamoro, esa es la señal que necesito para quedarme en «la histórica» (que con ese nombre ya sabía que me iba a encantar).

Pero antes de ir al hotel, desayuno en un café/bar de la plaza, esos que no faltan en ningún pueblo. Me pido un café con leche con un “carlito” (en Buenos Aires le decimos tostado) de queso y tomate. Veo a los clientes y diviso una mesa de amigos de toda la vida, una pareja de adolescentes, unas mujeres en plena jornada laboral, dos hombres de traje, una familia… parece como que todos deciden reunirse acá mientras andan por el centro.

Ser vegetariana en Colón
El carlito (tostado en Bs As) con café con leche, mi desayuno en Concepción.

Sin perder más tiempo voy hasta el hotel (estaba a cinco cuadras) y quedo aún más encantada que al verlo por fotos. El lugar era una antigua casona localizada en una esquina. Se usó como posta para los viajeros y actualmente es un hotel boutique, con un patio central con pileta climatizada y habitaciones con techos altos, camas con dosel y grandes ventanales.

Me quedo en la habitación escapándole un poco al calor del mediodía, comiendo lo que me quedaba del viaje a Colón (mujer precavida vale por dos, o así dicen) y pensando qué iba a hacer en esta ciudad de la que no sabía demasiado. Le pregunté al conserje qué me recomendaba y sin dudarlo me dijo: “andá a la isla del puerto. A esta hora de la siesta no hay nadie”.

Así que me subí al auto y me fui a la isla, a la cual se accede por un único puente. La isla en cuestión es un lugar hermosísimo con senderos para hacer ejercicio y a esa hora casi desierta. Solo algunos “locos” como yo caminando, corriendo o andando en bici.

Llego hasta el final de la isla, dejo el auto y la recorro caminando. Si bien tiene mucho cemento (no se crean que es un bosque ni nada por el estilo), hay una parte de playa con arena y pasto donde en verano los locales van a pasar el día. Tras la caminata mi cuerpo pedía a gritos un poco de sombra, aunque el gorro y el protector solar 80 sean mis fieles compañeros.

Ser vegetariana en Colón
La Isla de Concepción, un hermoso lugar para conectar con la naturaleza y la tranquilidad.

Me senté pues bajo un árbol y me dispuse a estrenar mi cuaderno de viajes, también leí, escuché música… de a poco se iba poblando de gente que llegaba para hacer ejercicio o la típica caminata de la tarde. Al igual que sucedió en El Palmar, el tiempo pasó volando y eran casi las 5 de la tarde cuando miré el reloj.

Me apuré para volver al centro porque quería ir a un Museo que también me había recomendado el recepcionista del hotel. Se trata del Museo Casa Panizza, ubicado en una casona antigua (ya saben por qué quería visitarlo) con objetos muy interesantes sobre la historia de Concepción y un patio central con aljibe que me dejó maravillada.

Ser vegetariana en Colón
El patio central del Museo Panizza, con uno de sus dos aljibes.

Al salir del museo ya empezaba a esconderse el sol y los principales edificios de los alrededores de la Plaza Ramírez se iluminaban: la Basílica, la Municipalidad, la Jefatura de Policía y el Colegio Superior. A este último pude entrar pidiendo permiso (sigue en funcionamiento después de 172 años) para recorrer el patio interno y divisar desde la puerta su preciosa biblioteca.

De camino hacia el hotel entré en un restaurante para cenar. Si bien los lunes solo hacían delivery, la moza me preparó una mesa especial para que pueda comer ahí ya que no tenía espacio en el hotel. Pedí un wrap veggie con una cerveza artesanal para cerrar -ahora sí- un viaje hermoso.

Ser vegetariana en Colón
La última cena de este hermoso viaje por Entre Ríos.

Concepción del Uruguay fue la ciudad que más me gustó de todo lo que visité en esos cuatro días por muchos motivos. Primero porque la conocí sin haberlo planeado, segundo porque tiene mucha historia, tercero porque lo pasé hermoso en la isla y cuarto por la amabilidad de la gente que me ayudó, o que el universo quiso poner en mi camino para que pudiera quedarme. Seguramente haya más razones “escondidas” que aún no las conozco, pero creo que esas cuatro son suficientes por ahora.

Como reflexión final, pienso en mi deseo de seguir teniendo este tipo de aventuras y de animarme a viajar sin tanta planificación, a dejarme llevar por mi instinto y hacerle caso a lo que dice mi corazón. ¡Y lo mismo deseo para los que estén leyendo esta nota!

Colón está ubicada en la Provincia de Entre Ríos, a 320 km de Capital. Se llega por rutas 9, 12 y 14. Concepción del Uruguay queda a 300 km, usando las mismas rutas.

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4 comentarios

  1. Hermosa descripción de viaje. Amena, colorida, con muy valiosa información y muy buenas ideas para menúes. No soy vegana, pero consumo poca carne y muchísimas verduras, frutas y semillas. Me encantó tu blog.
    Felicitaciones y un saludo muy afectuoso de una abuela de 86 años que ama escribir y por eso valoro lo que has publicado. Mucha suerte y espero el próximo.

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