Hotel Esplendor by Wyndham Montevideo Cervantes

Tras una semana de cuarentena obligatoria en casa de mi abuela Lila, salgo a pasear por la Ciudad Vieja de Montevideo, un barrio que me encanta y donde siempre descubro algo nuevo. Mañana fría de junio, poca gente a mi alrededor (sería por el clima, por el horario, por la pandemia…) y empiezo a caminar casi sin rumbo por sus calles, mirando hacia arriba para vislumbrar cúpulas, balcones y esquinas que usualmente pasan desapercibidos en el ajetreo cotidiano.

Después del desayuno en un café fundado en 1877 y el almuerzo en una ex farmacia, sigo caminando hasta llegar a la Plaza Independencia, con su puerta de la Ciudadela, el Mausoleo de Artigas y de fondo el Palacio Salvo (el gemelo del Barolo de la Avenida de Mayo en Buenos Aires).

Camino por la Avenida 18 de Julio, la más céntrica y comercial de la ciudad, y en seguida giro a la derecha para ir en busca del hotel donde me alojaría esa noche. Caminando por la Calle Convención empieza a sonar en mi mente la canción “Durazno y Convención” de Jaime Ross, un tema que sonaba mucho en la casa de mis abuelos cuando era chica. No sabía que esa intersección realmente existía, pasaron muchos años hasta que me di cuenta de que además esta esquina era un punto de encuentro del Barrio Sur…

Y un día,
Un día te veré contento,
El día que te lleve el viento
De Durazno y Convención

(Durazno y Convención – Jaime Ross)

Sigo tarareando esa canción tan pegadiza hasta llegar al Hotel Esplendor Cervantes y su fachada me deja sin aliento… no puedo creer lo que estoy mirando. Un edificio señorial, mezcla de estilos arquitectónicos, con balcones simétricos como me gustan a mi, con un aire morisco… y por supuesto ese toque moderno que le dieron a la construcción cuando fue comprado por la cadena hotelera Wyndham.

No puedo esperar para entrar y conocer toda su historia. Allí me recibe Lucile, una francesa que hace 8 años viajó a Uruguay y se quedó a vivir en este paisito de Sudamérica. Ella es la encargada del hotel y la que me hace un recorrido por las instalaciones.

Lo primero que me cuenta Lucile es que el edificio data de 1927 y que en sus inicios funcionó como un teatro en la planta baja y el primer piso y un hotel en los pisos superiores. La entrada del hotel actual se usaba como ingreso principal al teatro y en los laterales mirando de frente estaban a la izquierda el acceso a los palcos del teatro y a la derecha al hotel. El proyecto estuvo a cargo del Arquitecto Leopoldo Tosi, experto en salas de espectáculos, sin dudas un hombre fanático de los detalles.

Vamos de inmediato a la parte histórica del Cervantes, donde se conservan las boleterías y las escaleras que permitían llegar a los palcos del teatro. Me imagino allí a la clase alta de Montevideo por los años 40 subiendo los escalones mientras saludaban a amigos y vecinos.

Escaleras testigo de tantas historias…

En las paredes se pueden ver fotografías en blanco y negro de cómo era el teatro original, que funcionó también como cine y estuvo activo hasta los años 60. El tiempo de los grandes teatros y cines pasó y también la vida del Cervantes. Por eso después de cerrar sus puertas se convirtió en una fábrica textil y hasta en un estacionamiento. En 2011 lo adquirió la cadena Wyndham y lo remodeló para hacerlo hotel y lugar para eventos.

Hoy en día, tras colocar un entrepiso, lo que antes eran palcos y balcones ahora es un salón de eventos de casi 500 metros cuadrados y capacidad (antes de tiempos de COVID) para 400 personas. Los techos son los originales, un trabajo arquitectónico excepcional, en colores dorados.

El gran trabajo de los techos que se mantienen desde 1927

El hotel original tenía entrada independiente del teatro, se subía por una escalera (que aún se conserva) y tuvo huéspedes ilustres, como es el caso Carlos Gardel, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar. Este último ocupó la habitación 205 y fue allí donde escribió “La Puerta Condenada”. No me atreví a leer el cuento mientras me alojaba en el hotel porque soy bastante miedosa. Pero ahora que ya estoy en la seguridad de mi hogar lo busco en internet y comparto un fragmento:

A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en el vapor de la carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segundo piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves en la portería supo que había poca gente en el hotel; las llaves estaban unidas a unos pesados discos de bronce con el número de habitación, inocente recurso de la gerancia para impedir que los clientes se las echaran al bolsillo.

Pueden encontrar el cuento completo en este link. Ahora que lo pienso… ¡menos mal que no lo leí cuando estaba en el hotel porque no hubiera podido dormir!

Siguiendo con la historia del Hotel Cervantes, cuando el teatro dejó de funcionar, las habitaciones se empezaron a alquilar como oficinas y comercios, incluyendo un salón de baile en el cuarto piso. Por su gran historia y arquitectura, el edificio se puede visitar gratis cada año en el Día del Patrimonio, evento que tiene lugar en el mes de octubre.

Por estas escaleras subieron Cortázar, Gardel y Bioy Casares…

Seguimos recorriendo el hotel con Lucile, esta vez caminamos por la parte moderna del edificio. El lobby, con cuadros de la artista local Erica Corbelo (también hay obras de ella en la terraza), la sala Cortázar para hacer reuniones pequeñas, el mini gimnasio y una de las perlas del lugar: la piscina. Climatizada y con decoración sobria, invita a relajarse lejos del ruido de la calle y disfrutando de la temperatura del agua (ya iría más tarde, no me quiero adelantar). También hay un sauna que no está en funcionamiento por protocolo.

El moderno lobby del Esplendor Cervantes

Luego fuimos a la terraza, donde se sirve el desayuno; bien moderno y funcional, podemos encontrar un balcón desde donde se ve la punta del Palacio Salvo y en la parte contraria un patio donde podemos ver el río (a esa altura todavía no es mar aunque haya playa) entre los edificios.

Otro de los sectores modernos, el comedor donde se sirve el desayuno

Después de todo el tour por el lugar llegó el momento de conocer mi habitación. Se trataba de la Suite VIP, en el cuarto piso. Apenas escucho el click de la puerta tras colocar la tarjeta magnética, se abre ante mi un maravilloso espacio de casi 50 metros cuadrados…

Cama enorme, sillones, una bañera, baño separado, frigobar, televisión, escritorio… y un balcón que me deja sin palabras. No sé que tengo con los balcones que me encantan, y más si tienen casi 100 años de antigüedad. Lo mismo que los pisos de lujo, originales y bien mantenidos. Mención aparte se merecen los techos, altos como se hacían antes, y con esa decoración bien trabajada que ya se dejó de elegir hace tiempo.

Rincones de la Suite VIP donde me alojé

Descanso un poco de tanta caminata en lo que va del día pero en lugar de dormir la siesta como haría normalmente, decido ir a la piscina. Tenía turno a las 16 y no quería perdérmelo por nada del mundo. Por protocolo, los turnos son de 1 hora por habitación y no se comparte con otros huéspedes. Como dije anteriormente, el sauna está cerrado.

Disfruto del agua caliente y de tener toda una pileta para mí sola, escucho la música ambiente, me relajo, me pongo a pensar en todo lo que fue testigo este edificio, las obras de teatro, las películas, los huéspedes y sus experiencias…

La hermosa piscina del hotel, toda para mi

Me quedo leyendo un rato en las reposeras y sin darme cuenta termina mi horario y regreso a la habitación para darme una buena ducha y salir a merendar. Porque, como saben, el agua da hambre (o al menos eso me pasa a mi cuando voy a la pileta).

Camino un poco por el Barrio Sur y obviamente paso por la esquina de Durazno y Convención. Nuevamente tarareo la canción de Jaime Ross mientras busco un lugar para merendar. Lo encuentro a algunas cuadras por la calle Maldonado. Me tomo un café con leche con una porción de budín y veo por la ventana que empieza a lloviznar. ¡Y yo sin paraguas! Así que apuro mi merienda y me vuelvo al hotel, ahora sí a descansar de haber “pateado” tantas calles montevideanas.

Por supuesto que para la hora de la cena el hambre es más fuerte que mis ganas de quedarme acostada en la enorme cama, por lo que me tomo un Uber y me voy a comer pizza a un lugar que también me recuerda a mi infancia. Se trata de la pizzería Subte, donde iba con mis papás de chica y siempre pedíamos una “pizza a caballo” con fainá. Esta vez solo pido una muzzarella (en Uruguay las pizzas son rectangulares) y aprovecho para mirar el partido de la selección Nacional junto a varias personas más que se reúnen como hacemos los argentinos cada vez que juega la albiceleste.

Regreso a la tranquilidad del hotel y me duermo casi instantáneamente… soy de sueño profundo pero si a eso le sumamos la ausencia de ruidos, el resultado es un descanso reparador con todas las letras.

Me despierto con las primeras luces de la mañana en otoño, no tan temprano ni tan tarde. Y me cambio para ir a desayunar a la terraza. En la actualidad el servicio es buffet asistido y hay muchas opciones dulces y saladas, lo típico de un desayuno por estas latitudes.

Completo servicio de desayuno en el Cervantes

Yo me pido un poco de todo como para no perderme de nada. Café con leche, jugo de naranjas, pan casero con manteca, budín marmolado, pasta frola (¡de batata, mi favorita!), galletas de chocolate… también ensalada de frutas como para no dejar de cumplir con una alimentación sana.

Un desayuno tan colorido… merecía dos fotos!

Elijo una mesa que me permita ver el agua a lo lejos, entre los edificios. Por suerte el día está despejado y puedo ver con claridad, incluso un barco carguero pasando y pájaros volando. Un detalle que me gustó de la encargada del desayuno es que si algún huésped no sube a desayunar lo llama por teléfono a la habitación para “hacerle acordar” que en breve termina el servicio. ¡Perfecto si te quedas dormido! El horario de desayuno es de 7 a 10 hs de lunes a viernes y de 7 a 10.30 los fines de semana.

Termino mi copioso desayuno y me quedo un rato admirando el paisaje, perdida en mis pensamientos y recordando todo lo que aprendí en solo un día de estar en este lugar. Al regresar a la habitación disfruto de la bañera con un poco de lectura y descanso previendo que ese día también será de mucho caminar y de varias emociones. Pero por supuesto, esa es otra historia.

El Hotel Esplendor by Wyndham queda en Soriano 868, entre Andes y Convención, a 3 cuadras de la Plaza Independencia, en Montevideo. El precio por habitación oscila entre los 65 y los 110 USD incluye desayuno y acceso a todas las instalaciones (excepto sauna por protocolo). Es un hotel pet friendly (para perros y gatos) con costo adicional y ofrecen noches románticas para parejas y promociones para estadías de más de 3 días.

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