Mercado Agrícola Montevideo (MAM)

A principios de junio estuve en la capital de Uruguay, un poco de turista y otro poco de “local” como me gusta hacer en aquellas ciudades que considero propias. Y luego de dejar el centro con su Avenida 18 de julio menos transitada que lo habitual, tomo la calle Magallanes y tras casi media hora de caminata (estaba fresquito para caminar) llego al Palacio Legislativo, uno de los edificios más majestuosos que tiene Montevideo.

Doy la vuelta manzana para tomar la Avenida General Flores, donde también me llaman la atención dos construcciones gigantescas, de esas que casi ya no se construyen: las facultades de Medicina y de Química. A solo 2 cuadras de allí (girando a la derecha en Martín García) me encuentro con el Mercado Agrícola Montevideo, o MAM por sus siglas.

Lo primero que observo en su entrada principal (tiene dos más) es su arquitectura, me hizo acordar mucho al Mercado San Telmo que tenemos en Buenos Aires. Columnas con terminaciones perfectas, esculturas alusivas a la agricultura (cabezas de ganado), una torre con ventanas circulares y una cruz en lo más alto, un gran trabajo artístico con pinturas de flores y muchos detalles más que me encantan pero que no puedo precisar por no dedicarme a la arquitectura. ¡Pero que siempre me dejan impresionada!

Solo les puedo decir que si bien la gente entraba y salía sin casi prestar atención a esto, me quedé anonadada unos minutos observando cada centímetro de la fachada. Lo mismo ocurriría al ingresar al mercado, pero no me quiero adelantar.

A los pocos minutos de arribar al MAM, me reciben Santiago Gómez (encargado de Marketing), Paula Vallente (coordinadora general), Cecilia Casulo (jefa comercial) y el arquitecto Humberto Bellora (jefe de operaciones). Entre los cuatro comienzan a contarme la gran historia del mercado y en sus palabras, gestos y anécdotas me doy cuenta de que son una gran familia. ¡Y que me están abriendo las puertas de su casa!

La historia del Mercado Agrícola de Montevideo comienza a principios del siglo pasado. En 1906 se coloca la piedra fundamental y la construcción tarda 6 años en terminarse. Un año después (1913) se lleva a cabo la inauguración oficial. Un dato interesante es que la fecha inscripta en la entrada dice 1910. En sus orígenes, fue el mercado más vasto y arquitectónico de toda América Latina. Además, el último en construirse en hierro en Montevideo y muy similar a los mercados de Europa (como el de San Miguel de Madrid).

En sus inicios el MAM funcionaba como una gran feria de productos de campo.

Al principio, el mercado era más bien una calle por donde ingresaban los vehículos y se hacía las compras en los diferentes puestos que había en los laterales. La gente del campo llegaba para vender sus productos y los vecinos los adquirían directamente de los productores. Ese intercambio tan común por esa época aún sigue sucediendo (en menor medida y de forma más moderna) en este lugar.

Este Mercado, ubicado en el barrio de Aguada, fue un epicentro más que importante para los pobladores de la zona, principalmente de clase media trabajadora. Durante muchos años fue el lugar de encuentro entre el campo y la ciudad, un sitio para charlar con los vecinos… y si bien siguió en funcionamiento, el deterioro del edificio y de los alrededores hicieron que cada vez menos gente lo visitara.

Afortunadamente todo eso cambio en el año 2008 cuando la Intendencia de Montevideo decide hacerse cargo del lugar y recuperarlo, no solo en lo edilicio, sino también en lo comercial y cultural. Es así que después de 5 años de arduo trabajo (donde las cosas eran muy difíciles e incluso peligrosas para los empleados) el MAM volvió a abrir sus puertas, con una mirada moderna, pero siguiendo con la filosofía de antaño: ser un lugar de comunión entre los vecinos y de nexo entre los productores agrícolas y la gente de la ciudad.

La perfección de las vidrieras del MAM…

Y sin dudas lo es, ya que como me cuentan, los clientes asiduos son los que viven en los alrededores. Incluso usan las mesas del mercado para festejar cumpleaños o almorzar… ¡llevando su propia comida y manteles! No era extraño, me dicen, previo a la pandemia encontrar familias comiendo al mediodía con sus ollas, platos y vasos o ver a amigos de toda la vida tomando un café y charlando de política, de fútbol o del clima. ¡Ojalá pronto regresen esos buenos tiempos!

Algo que también esperan todos que vuelvan son los espectáculos gratuitos de los jueves a la noche. Se organizaban diferentes actividades culturales y musicales para la familia y era para muchos “el” plan semanal para encontrarse con gente conocida y querida.

El fuerte del MAM son sus frutas y verduras. Podemos encontrar en la calle principal varios puestos, enormes, muy coloridos… y también por supuesto con su fiel clientela. Puedo observar a las señoras con sus carritos haciendo la compra del día, a oficinistas de la zona buscando algo para almorzar, a los que se saludan con todos y a los que van a comprar siempre al mismo lugar porque conocen sus gustos.

El fuerte del MAM son las frutas y verduras.

El público del MAM es más que variado y heterogéneo, porque hay algo para todos y para cada uno de los que pasan por allí. También en épocas “normales” prepandemia había muchos estudiantes de las facultades cercanas, grupos de amigos que iban a tomar una cerveza después del trabajo y hasta legisladores y parlamentarios en reuniones informales.

Ya estoy caminando por sus grandes pasillos, mirando todo a mi alrededor como una nena en una juguetería. Me detengo a observar el piso de baldosas original, los techos de madera, la estructura de hierro con más de un siglo de vida… y me dejo llevar por ese ambiente agradable, ameno, familiar, que me conecta con el pasado y con la historia.

Pienso en mi bisabuela cuando iba a hacer las compras a la feria, en mi abuela que hoy sigue yendo a comprar al mismo lugar de siemprey veo a esas señoras con sus carritos cuyo único paseo, quizás, es ir al mercado a buscar productos frescos para el almuerzo de sus familias.

Paso despacio por los puestos, me quedo mirando el ir y venir de los que acomodan la mercadería, pesan los productos, charlan un rato con los clientes, se saludan entre comerciantes… eso tan cotidiano y al mismo tiempo tan mágico que aparece en este tipo de lugares y que normalmente no observamos en el ajetreo cotidiano.

Productos de dietética a granel… la felicidad para los veggies!

Llego también a la plaza de comidas, en la parte más moderna del edificio, con sus opciones para todos los gustos. ¡Hay bastante para elegir siendo vegetariano o vegano! En esta oportunidad no me quedo a almorzar, pero seguramente voy a volver para probar la gastronomía. Vi por ejemplo que hay pastas y helados veganos, wraps veggies y ensaladas!

Una de las premisas del MAM es que todos los locales tienen que ser de productos nacionales; nada de cadenas extranjeras, de slogans internacionales ni palabras en inglés. Esta es una manera de cuidar lo propio, de darle una oportunidad a lo local, de potenciar lo nacional… y me parece una excelente decisión. Conservar el patrimonio cultural, comercial, social y productivo es lo que engrandece a una nación.

Antes de irme del MAM doy una vuelta más por sus negocios. Acá se puede encontrar todo lo que necesitamos (no solo comestibles, también productos de limpieza, bazar, libros, regalos) y según me cuentan, a precios más económicos que en los grandes supermercados. Un excelente paseo si estamos visitando Montevideo o una cita obligada para los que viven en la ciudad y quieren comer más sano y conseguir productos locales. ¡Además pueden aprovechar para comer algo mientras stán haciendo las compras!

La combi del MAM, para tomar algo mientras hacemos las compras

Me despido del Mercado Agrícola Montevideo con esa hermosa sensación de que estuve visitando una gran familia de amigos. Seguramente la próxima vez que esté en esta ciudad que tanto quiero me sorprenda de nuevo caminando entre sus adoquines de un siglo de vida…

El MAM está ubicado en José L. Terra 2220 y abre de lunes a domingos de 9 a 22 hs. El estacionamiento está en la entrada de la calle Martín García.

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