Ser vegetariana en Bariloche (parte 2)… meriendas, chocolates, cervezas y más

Decidí partir en dos la nota de ser vegetariana en Bariloche porque creo que el finde de mi cumple se merecía una mención especial. Y además porque fueron tantas las cosas que hice en esta ciudad que se iba a hacer demasiado largo el tema.

Bueno, les conté en la primera parte que hice el Circuito Chico y me alojé en el Hotel Llao Llao. Ya con el festejo en el pasado (aunque quedará para siempre en mi recuerdo) los siguientes 5 días me quedé en un hotel cerca del centro, con vistas al Lago Nahuel Huapi desde el balcón.

Quiero aclarar antes de seguir que mis viajes son un poco más “lentos” ya que trabajo un poco y otro poco paseo. Quizás si hubiera tenido toda la semana de vacaciones hubiese conocido más lugares… pero también creo que así tengo una excusa más para regresar.

El lunes por la mañana después de desayunar en la habitación (por protocolo este servicio que antes era adicional ahora está incluido y lo aproveché algunas veces más durante la estadía). Antes del mediodía di un pequeño paseo por el centro cívico y compré comida “al peso” para algunos días que me iba a quedar en el hotel.

A la tarde, para la hora de la merienda fui al teleférico del Cerro Otto que quedaba muy cerca. Para subir a este pequeño coche rojo hay que pagar $1200 por persona (abril 2021) y el trayecto dura unos 10 minutos. En lo alto hay un lindo mirador y también varios senderos para hacer trekking, que no hice porque no tenía mucho tiempo disponible.

Lo que sí disfruté fue de una merienda en la confitería giratoria, uno de los íconos de Bariloche. Lo más “loco” de este lugar es que lo que se mueve en realidad es una plataforma donde están las mesas, no todo el edificio. Así que de afuera no se ve el movimiento. Pedí un capuccino con strudel de manzana mientras giraba lentamente y veía en 360° todo el paisaje.

La merienda en la Confitería Giratoria del Cerro Otto

Después de un breve descanso fui muy cerca del hotel a disfrutar de una cena en Manush (que está en Km4, aunque también hay otra sucursal en el centro de Bariloche). El ambiente tranquilo por ser lunes, con mesas espaciadas, grupos de amigos, algunas parejas… y muy buena música. No hacía mucho frío pero igualmente decidí sentarme en el salón, frente a la barra. Mientras miraba cómo servían las cervezas, me tocó elegir la que yo iba a disfrutar. Me decidí por una Kolsch, una rubia clásica y refrescante (me gustan las cervezas más bien suaves).

Mientras esperaba la comida me trajeron una entrada con verduras muy buena. Y en seguida llegó la cena: una picada veggie tan pero tan grande y variada que no sabía por donde empezar. Tenía DE TODO! En una tabla había falafels cuadrados y una provoleta y en otra bandeja muy bien presentada diferentes recipientes con: pasta de berenjenas, ensalada tabuleh, hummus de garbanzos (me encantaron estos tres dips árabes, mi comida favorita), pikles, berenjenas al escabeche, chuckut, zanahorias al curry, aceitunas, queso crema con ciboulette, diferentes quesos… pan pita y palitos saborizados.

Colorida, variada, riquísima y veggie… la picada de Manush es excelente!

¡Increíble lo que llena esa tabla! Decía para 2 personas y de verdad rinde porque yo sola no la pude terminar. Antes de las 23 (horario de restricción para circular en esos días) me despido de Manush para ir directo a descansar.

El martes decidí desayunar en el restaurante del hotel para disfrutar del sol saliendo entre las montañas y el lago. Después de un poco de trabajo y de almorzar ahí mismo (la comida que había comprado el día anterior) salí a recorrer la zona del centro. Primera parada, el museo del chocolate, que está por Avenida Bustillo. Allí hice una visita guiada “privada” ya que no había otros turistas, donde aprendí la historia del cacao en las diferentes civilizaciones americanas y que incluyó un chocolate caliente mientras veía un video.

Luego fui a la plaza del centro cívico, la típica postal de Bariloche con sus edificios en piedra gris, detalles en madera y techos a dos aguas. Podemos encontrar en los alrededores de la plaza instituciones típicas como las de cualquier pueblo: la municipalidad, la Comisaría, una Biblioteca, la oficina de turismo… pero con la diferencia que en uno de sus laterales la vista se pierde en el hermoso Nahuel Huapi… ojo con el viento en esa zona porque es terrible, yo por suerte “tengo buenos cimientos” y no me vuelo, pero capaz tus anteojos de sol terminen yéndose lejos…

ser vegetariana en Bariloche
El centro cívico de Bariloche y sus fachadas típicas de piedra y madera

Atravesé los famosos arcos del centro cívico para caminar por la calle Mitre, donde están todos los negocios de recuerdos y de excursiones y por supuesto… ¡Las chocolaterías! Si son fanáticos de lo dulce (como yo) se van a volver locos con las vidrieras todas decoradas. Van a querer entrar a cada una y llevarse un recuerdo. Algunas marcas son más conocidas que otras y siempre es bueno darse una vuelta para comparar precios, sobre todo si la intención es llevar de regalo. Terminé comprando en El Turista, que tenían promos interesantes y además es uno de los “típicos” souvenires.

Para ese momento ya era la hora de la merienda y como estaba por la zona, quise ir al local de Mamuschka, que tiene una pequeña confitería al fondo del local. Empezaba a hacer un poco de frío por eso no elegi las mesas exteriores. Elegí una tetera con infusión de frutos rojos (mi favorita) y un crumble de manzana. Lo que más me gustó fue la decoración, toda la vajilla roja y blanca, ideal para mi cocina (lástima que no vendan el merchandising).

La vajilla de Mamuschka quedaría genial en mi cocina toda roja y blanca!

Seguí caminando un poco más por Mitre y bajé por la calle Beschtedt una cuadra para bordear la Catedral Nuestra Señora de Nahuel Huapi (otra diferencia con respecto a las plazas de Argentina, ya que la iglesia suele estar en la misma manzana). El viento cada vez más fuerte y frío me hizo perder la posibilidad de caminar por la “rambla” (calle 12 de octubre), así que volví para el centro, más precisamente a un predio de foodtrucks ubicado en Mitre 358 llamado El Garage. El plan era probar las pizzas de Buona, uno de los establecimientos del lugar. Mientras esperaba que me preparen el pedido para llevar me quedé jugando a los “fichines” que tienen en el local, como los que solía jugar cuando era chica. Pero si no te gusta mucho lo gamer, en la carpa exterior se puede jugar a un jenga gigante.

Al rato de estar jugando salieron las pizzas individuales: una vegetariana con champiñones (la piden como funghi) y una vegana con masa integral de semillas, queso de papa y vegetales que estaban buenísimas. Me adelanto a darles el veredicto porque volví al hotel para comerlas mientras miraba una película. Les recomiendo El Garage porque tienen varias opciones en sus foodtrucks, como por ejemplo hamburguesas o incluso waffles. Seguramente en otra oportunidad regrese a buscar más opciones veggies!

Las pizzas individuales de Buona, tanto la veggie como la vegan estan muy buenas!

Mitad de la semana en Bariloche y era el momento de hacer la primera excursión no organizada por mi, es decir, armada por una agencia de turismo. Se trata del paseo al Bosque de Arrayanes (que ya había conocido durante la estadía en Villa La Angostura) y a la Isla Victoria.

Como la excursión sale a las 14 hs de Puerto Pañuelo (frente al Llao Llao), necesitaba una vianda para almorzar antes de subir al barco. Por suerte aparecieron los chicos de Chatna para salvarme! Con sus wraps veggies muy completos y riquisimos pude comer sin preocuparnos por los cubiertos. Los dos wraps que elegí fueron el Pampa (verduras asadas, omelette, queso) y de la huerta (verduras frescas, palta, queso crema y en tiras) que vienen acompañados con papas al horno y un dip (crema agria y mostaza y oliva, respectivamente). Una vez terminado el almuerzo en el puerto embarqué a la espera de la salida del catamarán.

Los dos wraps veggies de Chatna que comimos antes de subir al catamarán en Puerto Pañuelo

Tras una hora (aprox) de navegación llegamos al Bosque de Arrayanes y si bien ya había estado ahí una semana antes, esta vez lo disfruté de otra manera. La ocasión anterior estaba muy cansada después de caminar más de 3 horas y mirando el reloj para la hora de regreso del barco. Así que casi que no lo disfruté. ¡Y además ahora pude sentarme a merendar en la casita de té! Fue algo muy tranquilo, un té y una porción de brownie.

De nuevo en el barco, otros 45 minutos de navegación y llegamos a la Isla Victoria, donde hice una visita guiada a pie por diferentes espacios e instalaciones, incluyendo la casa de Aaron Anchorena, el vivero y las gigantescas secouyas (árboles típicos de California).

Regresamos al Puerto a eso de las 18,30 hs y al hotel un poco después. Me cambié y rápidamente salí de nuevo para cenar. El lugar: La casa de la Hamburguesa, en la calle Rolando 257, a media cuadra de Mitre, en pleno centro. A esa hora, alrededor de las 20, estaba bastante tranquila la zona. Me pedí una pinta de cerveza artesanal y para cenar una hamburguesa veggie (de las cuatro opciones que había!) de porotos rojos y quinoa. La acompañé con unos aros de cebolla y unas riquísimas salsas de la casa: una de palta, otra dulce de miel y una más con mostaza. Muy buena elección para un miércoles por la noche!

La cena en La Casa de la Hamburguesa: buen medallón con aros de cebolla, salsas de la casa y cerveza artesanal

Volví temprano porque al otro día iba a hacer una nueva excursión, pero esta vez de todo el día. Así que desayuné en la habitación y antes de las 9 ya estaba poniendo rumbo a Puerto Pañuelo. El plan sí que prometía: mucha naturaleza, mucho bosque, mucha agua… y nada de señal de celular. ¡Qué loco cuando la desconexión con algo te conecta con otra cosa!

La primera parada del barco fue a la Cáscada de los Cántaros, dentro de lo que se conoce como la selva valdiviana, que es fría y muy húmeda. A través de una escalinata y tres miradores, podemos ir disfrutando de diferentes vistas de una cascada con un gran caudal de agua. También al final del recorrido hay un alerce milenario, uno de los árboles más longevos y enormes de la zona.

Al salir de las cascadas había dos opciones: cruzar en barco hasta Puerto Blest o bordear toda una isla en una caminata de 1 hora. ¿Qué elegí? ¡Por supuesto el trekking! Ya después de las 3 hs en los Arrayanes creo que me animo a todo recorrido menor a eso sin pestañear. Fue una muy buena idea porque me topaé con paisajes hermosos, una playita, variadas especies de árboles y hongos… algunos pájaros y toda la tranquilidad del mundo.

Al llegar a Puerto Blest hay un área con mesas para hacer un picnic (también un restaurante y proveeduría). Llevé vianda, con todo lo que me había ido quedando de los días anteriores. Cuando terminé paseamos un poco por la orilla del río Frías, de color verde, y por los alrededores del Hotel Blest, mientras esperaba que sean las 14 hs y nos pasara a buscar el bus para llevarnos a Puerto Alegre, donde tomaríamos otro barco, esta vez con destino a Puerto Frías.

Uno de los paisajes de ensueño en la zona de Cascada de los Cántaros y Puerto Blest.

La navegación por la Lago Frías es corta pero hermosísima. Las aguas son verdosas debido a los sedimentos que bajan de las montañas y a lo lejos se podía ver el Cerro Tronador con su pico nevado. Y al llegar al Puerto, estábamos a solo 3 km de la frontera con Chile. Había una réplica de la moto que usó el Che Guevara en su recorrido por Latinoamérica, una gruta con una virgen y un gran cartel con la palabra Frias (en Blest también hay una). Y no mucho más, igual teníamos solo 15 minutos para volver al barco.

Muy cansada, pero feliz de haber conocido esos paisajes, valió la pena estar todo el día paseando. Al regresar al hotel ya hice las valijas y cené en la habitación, no me daba la energía para más nada.

Viernes, último día en un Bariloche que de a poco iba empezando a volverse más fresco. Tras toda la mañana en el hotel trabajando y terminando de ordenar, fui a la zona del centro para un almuerzo inolvidable. El lugar elegido fue Almado, en la calle Juan Manuel de Rosas 435. Un “vista-bar” como se autodenominan, y no podía ser de otra manera. Realmente las vistas desde el restaurante son bellísimas: el lago, las montañas, parte de la ciudad… pero Almado es mucho más que eso, porque encontramos una carta muy pero muy elaborada por su dueño, Adrián, con quien tuve el gusto de charlar un poco y me contó la historia -bastante reciente- del local.

Antes de eso, disfruté de un almuerzo vegetariano y gourmet con todas las letras. De esos en los que no hace falta tener una buena cámara, porque la presentación se encarga de todo. El menú fue: hamburguesa de hongos (champiñones, gírgolas y portobellos) con queso halloumi y pan brioche; vegetales asados; tarta de espinaca con crumble de parmesano y almendras y masa de cuatro quesos acompañada de ensalada de verdes y ensalada Montalto (verdes, bocconcini, tomates confitados, pesto rosso, parmesano y almendras tostadas). Para beber una limonada con pomelo y moras que estaba riquísima. En realidad todo estaba excelente, no solo la presentación, sino el sabor y la combinación de texturas, sabores y colores.

El último almuerzo en Bariloche fue en grande… Almado nos recibió con esta propuesta gourmet y unas vistas increíbles.

La historia de Almado es corta, pero más que interesante. Adrián y su familia llegaron a Bariloche desde Capital Federal hace varios años y primero pusieron una quesería gourmet. Si bien fue y sigue siendo un éxito, esta pareja de gastronómicos buscaban algo más, volver a “los fuegos” de un restaurante. Y así es como, el año pasado en plena pandemia, decidieron abrir un restaurante de origen en un lugar más que privilegiado. Nadie puede negar que los platos de Almado están bien pensados y elaborados. Para eso, Adrián tiene un secreto: encerrarse toda una tarde a crear y maquinar las recetas que luego servirá a los clientes.

Una propuesta diferente para salir de lo típico de Bariloche. Si bien la gran mayoría de la materia prima es local y de alrededores, en Almado podemos encontrar algo distinto a lo que sirven en casi todos los demás restaurantes de la ciudad. ¡Vale la pena ir a comer ahí!

Tras despedirme de Almado, me quedaba por delante la última tarde en Bariloche. ¿Cómo la podía aprovechar al máximo? ¡Yendo a comprar souvenires a la calle Mitre! No soy de esas personas que se trae recuerdos típicos de los lugares que visita, más que algún que otro imán o llavero no tengo cientos de adornos de mis viajes. Yo prefiero comprar recuerdos comestibles, delicias de la zona… ya tenía chocolates pero me faltaba mucho más. Entonces fui comprando un poco en cada lugar que veía: té en hebras, condimentos, mermeladas, patés ahumados, alguna cerveza…

Por momentos el cielo se encapotaba y caían algunas gotas, así que me refugié en otra chocolatería para merendar mientras hacía tiempo. Con bastante anticipación fui al aeropuerto, donde comí lo poco que encontré en la única cafetería (tuve que sacarle el jamón a un sandwich porque no tenían ninguna opción vegetariana) y aproveché para descansar y leer.

Antes de medianoche salía nuestro vuelo y en un par de horas estuve otra vez en casa, después de haber pasado casi dos semanas (sumando los días en Villa La Angostura) en uno de los lugares más lindos que tiene mi amada Argentina. Y si bien no soy de regresar a los sitios que ya conocí, creo que Bariloche y alrededores se merecen que la vuelva a visitar, quizás, en primavera.

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