Ser vegetariana en… Montevideo – entre restaurantes veganos, fuentes de agua y sensación de libertad

Montevideo debe ser la ciudad que más veces visité en mi vida… y como pasa con mi Buenos Aires querido, es la que menos conozco… esa contradicción tan común en lugares que uno siente como propios. La primera vez que fui a la capital de Uruguay estaba en la panza de mi mamá y desde entonces (tengo 34 años) arribé a esta urbe no menos de 20 veces.

Pero si hasta hace unos días me preguntaban ¿Qué se puede hacer en Montevideo? Solo podría responder ¡probar la sopa de verduras que hace mi abuela Lila! Y es que cada vez que llegaba a la ciudad me refugiaba en su casa y no salía mucho del barrio.

Por eso, aprovechando que tenía que hacer cuarentena durante los primeros días (7 para ser más precisa y luego un hisopado negativo que me permitiera salir), me atiborré de comida casera de abuela -no así de mimos porque había que estar alejadas- y luego me quedé una semana más para vivir Montevideo, por primera vez, como turista.

El primer día que pude salir sentí una libertad y una felicidad difíciles de explicar. Después de 8 meses de no poder recorrer ningún pueblo, ciudad o destino, por fin iba a pasear. Me levanté temprano, desayuné rápido y pedí un Uber que me llevara hasta la Ciudad Vieja, lugar por excelencia para recorrer en Montevideo.

Pedí al conductor que me dejara en la puerta del Mercado del Puerto, que a esa hora (alrededor de las 10,30) recién estaba despertando. El interior me recordó mucho al Mercado San Telmo, y luego repetiría el ´deja vu´ de estar en ese barrio porteño en muchos edificios y calles más. No había más que dos o tres restaurantes abiertos, un poco por la pandemia, otro poco por el horario.

Seguí mi camino con la premisa de dejarme llevar, caminar sin rumbo fijo, cambiar de dirección varias veces, ir por una cuadra y luego por la de enfrente. Mientras tanto, los oficinistas de la zona y algunas personas que estarían haciendo trámites se iban sumando, aunque, también a paso lento, típico de la gente de Uruguay.

Yo seguía caminando despacio, mirando las casonas viejas con sus balcones decorados con flores y sus enrejados tan pintorescos. No les puedo decir exactamente qué calles transité ni qué recorrido hice… solo les recomiendo que aprovechen la mañana para visitar esta zona y que se anoten algunos puntos imperdibles (o que al menos salen en las guías turísticas) como son el Museo de Artes Decorativas (Palacio Taranco), los dos Museos Histórico Nacional y las calles Cerrito, 25 de Mayo y Rincón, así como sus transversales. Tengan en cuenta que los museos abren a las 12 del mediodía y al menos los que yo visité eran gratuitos.

Palacio Taranco, actual Museo de Artes Decorativas

Y así caminando lento llegué a la Plaza Constitución, más conocida como Matriz, donde se encuentran de un lado el Cabildo (lo visité en su interior, tiene un hermoso patio con fuente) y cruzando la plaza la Catedral (no entré, la fachada es bien colonial). En el centro de la plaza hay una hermosa fuente y al estar rodeada de árboles es un lugar ideal para descansar un poco. Aunque mis ganas de seguir recorriendo hicieron que diera la vuelta a la manzana y caminara por la calle Sarandí, que es peatonal y está llena de puestos de artesanías.

La fuente central de la Plaza Matriz (Constitución)

Por ese entonces era más del mediodía y mi estómago, que es un reloj siempre en hora, me pedía el almuerzo. Por suerte ya sabía donde iba a saciar mi apetito, muy cerca de la Plaza Zabala (menos conocida que la matriz pero linda y tranquila). En Alzáibar 1321 se encuentra el Restaurante MANGO, muy fácil de reconocer por su fachada en color amarillo.

Allí me recibe Valentina, quien me cuenta sobre el menú semanal y las diferentes opciones de la carta, que es 100% vegana y gluten free. Me decido por un chop suey de tofu con vegetales grillados, fideos chinos y almíbar de jengibre que acompaño con una kombucha de frutos rojos hecha con té verde.

Me siento en la vereda a disfrutar de mi almuerzo mientras presto atención al entrar de los clientes, muchos de ellos habituales del local. Me llama la atención que varios llevan su propio tupper (recipiente plástico) para poner allí su comida. Es que en MANGO ese hábito no solo es bueno para el medio ambiente al evitar envoltorios y paquetes, sino también para el bolsillo, ya que quienes lleven su tupper pagan un 10% menos.

Mi almuerzo en la Ciudad Vieja fue en el restaurante MANGO

Sigo comiendo mi almuerzo mirando a lo lejos una ´mancha´ azul que no es el cielo, sino el agua. A diferencia de lo que se cree, allí no hay mar, sino que las aguas pertenecen al Río de la Plata, pero por su amplitud y sus playas, todos creen que están bañándose en pleno Océano Atlántico.

Antes de despedirme de MANGO, Valentina me cuenta sobre los inicios del restaurante, hace dos años y gracias a la idea de su madre, Angela Sosa. Su objetivo era y es ofrecer comida saludable, casera y vegana (después sumaron apta para celíacos) a un precio accesible. Y sí que lo es, ya que el menú del día es bastante económico comparado con otros restaurantes de la zona.

Camino solo dos cuadras hasta esa mancha de agua que me llamaba y en seguida me pongo a imaginar (aprovechando la información que me habían dado en mi corta visita al Cabildo) cómo habrá sido en el pasado cuando los barcos llegaban a este lugar.

Pero no es momento de ensoñaciones, sino de seguir caminando. Así que vuelvo a la Peatonal Sarandí hasta llegar a la famosa Puerta de la Ciudadela, que aún se mantiene en pie desde tiempos coloniales. Al atravesarla, me recibe la Plaza Independencia, en cuyo centro se localiza el Mausoleo de José Gervasio Artigas, el prócer más importante de la historia uruguaya.

Pero antes de inmiscuirme en esta plaza, me desvío solo un poco para ir al Teatro Solís, construido en 1856 y que es un ícono de Montevideo. Se hacen visitas guiadas pero por el momento los fines de semana, y ese día era miércoles. Así que quedará para otra ocasión. Sí se puede ingresar a un sector del teatro y ver un hermoso salón dorado. En uno de los laterales del teatro hay una cafetería con mesas al aire libre.

La imponente fachada del Teatro Solís

Vuelvo entonces a la Plaza Independencia y la voy bordeando para disfrutar de sus construcciones. Uno de los edificios que destaca es sin dudas el Palacio Salvo, el ´hermano´ del Palacio Barolo que se encuentra en la Av. De Mayo en Buenos Aires y que tuve la suerte de visitar. Lamentablemente, desde marzo no hay visitas guiadas en el Salvo, otro pendiente para la próxima vez que vaya a la capital uruguaya.

Lo que sí pude visitar fue el Palacio Estévez, Museo de la Casa de Gobierno, con objetos alusivos a los diferentes presidentes que tuvo el país. De la vereda de enfrente me llamó la atención la Embajada de Canadá, edificio justo en esquina y con una bonita cúpula.

En oposición a la Puerta de la Ciudadela, es decir, del otro lado de la Plaza Independencia, nace la Avenida 18 de Julio, que la podríamos comparar con la Avenida Corrientes de Buenos Aires, pero que tiene mucho de la Avenida de Mayo por sus edificios. Camino por la vereda izquierda mirando con detalle las fachadas, cúpulas, balcones y arquitectura de sus edificios, atravieso dos plazas, veo gente comprando en sus negocios… llego a la intersección con la calle Ejido, donde está la Intendencia (Municipalidad) de Montevideo. Hay un mirador que abre los fines de semana, obviamente ese día cerrado (otro pendiente para mi lista).

Regreso por la vereda opuesta, atravieso otra plaza, sigo mirando edificios, vidrieras, cúpulas… hasta que llego a la Galería DeLondon (lleva ese nombre en honor al edificio London Paris que está en la esquina, uno de los más bonitos de toda la Avenida), donde está el Restaurante Guacamole.

Con su decoración en verde y la premisa de ofrecer comida rápida vegana, me siento en el silencioso y tranquilo living para disfrutar de una cena… ¡a las 6 de la tarde! Uno de los encargados me cuenta sobre el menú, qué productos preparan ahí mismo, cuáles son sus platos más famosos y me recomienda que pruebe las dos estrellas: la Milanesa de seitán a la napolitana con “huevo frito” y aros de cebolla y el revuelto gramajito de “no pollo” con papas fritas. Apenas llegan los platos ya sabía que había valido la pena caminar tanto ese día.

Mi merien-cena en Guacamole. Todo vegano… y riquísimo!

Ambas comidas estaban muy bien preparadas y presentadas, era la primera vez que comía huevo frito vegano y la verdad es que no tiene nada que envidiar al original. La clave está en los condimentos, principalmente en la sal negra. También me gustó cómo hacen el “jamón” y el “queso” de la napolitana. Y el revuelto gramajo no se queda atrás, con muchas verduras salteadas y un colchón de papas fritas.

Muy tranquilo el ambiente, con clientes que se sientan a merendar (yo era la única comiendo a esa hora) y perfecto para descansar después de tanto andar. Y para cerrar, un rico capuchino con leche de almendras y un alfajor con dulce de leche vegetal que fueron el broche de oro para un día inolvidable.

Pero aún me quedaba más por conocer o (o re-conocer) de Montevideo. Al otro día mi destino fue la zona de Pocitos, uno de los barios más coquetos de la ciudad. Empecé mi camino en la Rambla, (su nombre completo es República de Perú, pero todos le dicen simplemente la Rambla) a la altura del Bulevar España. Eran alrededor de las 14 hs (toda la mañana había descansado de la caminata del día anterior) y al ser un día cálido y soleado, se veía gente en la playa tomando sol e incluso algunos valientes en el agua. Por el paseo de la rambla, muchos corriendo o andando en bici, así como también grupos de adolescentes que habían salido del ´liceo´ (el secundario).

La famosa Rambla de Montevideo, a la altura de Playa Pocitos

Caminé también a paso lento para no perderme de ningún detalle y evitando las prisas que siempre me atacan en lo cotidiano. Aunque no soy fanática de la playa, estar respirando ese aire puro me devolvió la felicidad luego de estar tanto tiempo ´encerrada´ este año.

Seguí andando siguiendo las curvas del camino y llegué a una especie de parque con césped donde están las famosas letras de Montevideo, ideal para sacarse la foto de rigor y decir que estuviste en esta bonita ciudad. Continué un poco más hasta el museo naval, con su exposición de cañones al aire libre y un edificio pequeño pero bien cuidado, con reliquias de expediciones navales uruguayas.

Al salir tomé la Avenida Luis Alberto de Herrera, con su boulevard ajardinado en el centro y quise descansar un poco tomando un café. Un rato más tarde, las ganas de seguir paseando me llevaron hasta el Montevideo Shopping, ya decorado de Navidad a mediados de noviembre. Y, al igual que el día anterior, decidí cenar temprano para aprovechar que en el patio de comidas había una Pizzería La Pasiva, un clásico de Uruguay (también fui a la que está en Colonia del Sacramento). Me pedí una pizza muzzarella rectangular con faina y un pomelo. Poco después ya estaba de regreso en la casa de mi abuela y pensando en mi próximo recorrido.

Un clásico de Uruguay, la pizza rectangular con fainá y gaseosa

Con un día de descanso y algo de trabajo en el medio, el sábado (último fin de semana de mi estadía) decidí visitar la zona del Prado, cerca de la casa de mi abuela. El primer destino fue el Jardín Botánico, de entrada gratuita y con un hermoso paseo para hacer caminando a primeras horas de la mañana. Con un estanque en el centro, una huerta, un invernadero (algo abandonado) y una casa-museo, el jardín botánico es elegido para hacer ejercicio y disfrutar tengas la edad que tengas. Me senté en uno de sus tantos bancos y bajo la sombra de un añoso árbol leí un poco mientras esperaba que el estómago me reclamara el almuerzo.

La fuente central del Jardín Botánico de Montevideo

No pasó mucho tiempo hasta que los primeros crujidos me sacaron de la lectura. Y como ya tenía ´en vista´ una cafetería-restaurante a pocas cuadras del botánico, caminé despacio entre las calles de este barrio con casonas que me encantaron, hasta la Avenida Suárez. En el local, una casa antigua remodelada y con mesas al aire libre y en el salón, me pedí una tarta de berenjenas con ensalada y una limonada. Aproveché para descansar del calor que ya se sentía a esa hora.

Almuerzo saludable en el Prado de Montevideo

Después de un poco de sobremesa, caminé por esa Avenida hasta una rotonda y luego tomé la Avenida Millán. A solo tres cuadras está la Quinta García Zuñiga, actual Museo Juan Manuel Blanes, una villa señorial de 1870 con unos jardines maravillosos y hasta un estanque/piscina en la parte trasera. Sin dudas una joya no tan conocida por los turistas ni incluso por los mismos montevideanos. Además de las muestras de pintura de Blanes, había una sala dedicada al poeta uruguayo Mario Benedetti.

La quinta García Zuñiga, actual museo

Detrás de la casona se encuentra el Jardín Japonés (la entrada a todo el predio, tanto el museo como el jardín, es gratis). Un pequeño recinto similar a muchos de los jardines orientales que conocí (por ejemplo el de Buenos Aires o el de San Francisco), con el típico puente de madera, los peces koi, las cascadas y las fuentes. Este además tiene una representación de una casa de té de madera.

Postal del Jardín Japonés de Montevideo, un recinto lleno de paz

Con tanto verde en mis retinas y aire puro en mis pulmones volví a lo de mi abuela para una siesta reparadora. Al otro día, el último de mi viaje, fuimos juntas a una feria barrial en Peñarol, que me permitió ver la antigua estación de trenes, lugar muy importante para mi familia, ya que varios miembros (incluyendo mi abuelo materno) trabajaron allí.

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

– Mario Benedetti – 

De esta manera cerré mi paseo por Montevideo… al fin pude recorrer lugares que tenía pendientes y que conocí como turista. Otros tantos quedaron ´en el tintero´ y es una excusa más (además de poder estar con mi abuela) para volver, espero, muy pronto.

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