Ser vegetariana en… San Lorenzo (Santa Fe)

Primer viaje del 2022, nuevamente salí a las rutas y mi brújula apuntó hacia el norte, bien cerca del río.

El recorrido había comenzado en la hermosa Rosario, para luego seguir por Victoria (en Entre Ríos) y continuar en San Lorenzo, ciudad a la que “caí” casi por casualidad, buscando en el mapa qué visitar en los alrededores de las tierras de Messi, Fontanarrosa y Olmedo.

Llegué a San Lorenzo al mediodía de un día tremendamente caluroso, había reservado en un hostel céntrico y luego de comer la vianda que me había llevado (zapallitos rellenos y ensalada) quise salir a pasear… pero los 35° de temperatura y la hora de la siesta me lo impidieron.

Decidí quedarme en la habitación mientras leía los folletos que me habían dado al entrar al hostel. Ese día, 3 de febrero, se cumplían 209 años de la Batalla de San Lorenzo. Como fan de la historia que soy, había elegido esa fecha para ir a la ciudad pensando que habría algún evento importante. Sin embargo, la pandemia no lo permitió y no hubieron actos ni nada especial como se hacía en otros tiempos (según me dijeron en el hostel).

Tomé coraje y a las 5 de la tarde me dispuse a salir. A solo 2 cuadras del alojamiento estaba “La frutilla del postre”, el complejo museológico y el campo de la gloria, donde sucedió la batalla en cuestión.

Como pude hice esas dos cuadras (casi me vuelvo del calor que tenía) y entré al Convento de San Carlos, luego de pasar unas hermosas rejas que me hicieron viajar en el tiempo. Al lado, la Parroquia San Lorenzo Mártir, con sus paredes blancas y amarillas, pero sus puertas cerradas a esa hora.

Apenas crucé la entrada del convento me llamó la atención un cuadro con la imagen de un fraile franciscano (los que vivían en el monasterio en el siglo XIX). ¡El susto que me pegué cuando la imagen se empezó a mover y hablar! Es una de las propuestas “multisensoriales” del museo que te cuenta parte de la historia.

El patio central del Convento de San Carlos

No sabía que todo el complejo de museos cerraba temprano (17,45 hs) así que no pude recorrer más que el convento y a las apuradas. Igualmente creo que todo pasa para algo, porque mientras salía se me dio por cruzar la calle y presenciar el arriado de la bandera argentina por parte de dos granaderos. Fue una ceremonia muy emotiva para mi, de esas que te ponen “la piel de gallina” y te llena los ojos de lágrimas.

No sé muy bien por qué, quizás tenía que ver con lo que había sucedido allí hace más de dos siglos, que estaba un poco sensible o que el calor había hecho estragos en mi. Lo cierto es que fue un momento solemne que me encantó.

Nota: Los granaderos izan la bandera todos los días a eso de las 10 de la mañana y la arrían alrededor de las 6 de la tarde.

Decidí ir a caminar un rato por el centro de San Lorenzo, donde está la plaza principal (San Martín, como no podía ser de otra manera) y un poco por la Avenida del mismo nombre, donde están los negocios y bancos.

Para ese entonces ya tenía un poco de hambre así que desandé el camino y fui a la esquina “histórica” donde había visto una heladería/cafetería (San Remo) que parecía bastante tradicional. Pensaba en tomarme un helado hasta que vi la pasta frola y me tenté. ¡Las porciones eran gigantes! La acompañé con un cortadito y recuperé un poco de fuerzas.

Merienda típica argentina si las hay…

Al salir con el estómago lleno, me puse los auriculares y decidí hacer una caminata de varias vueltas al Campo de la Gloria, una actividad bastante popular entre los locales. También había grupos de gente haciendo ejercicio, familias jugando, parejas paseando a sus perros y varios sentados en la costanera mirando el río. No tengo fotos de esa hora de caminata porque, sinceramente, no saqué el teléfono ni una sola vez. ¡Pero les puedo asegurar que es realmente hermoso!

Por la noche no tenía ganas de salir así que pedí recomendación a la chica del hostel y me pasó el contacto de una pizzería conocida y con buen servicio. Me pedí una mitad fugazza y mitad de rúcula y la disfruté en el patio con una cerveza bien fría.

Al otro día me levanté tempranísimo para poder ir apenas abrían el complejo museológico. A las 8,30 estaba en la puerta dispuesta a recorrerlo en profundidad. ¡Todavía estaban encendiendo las pantallas y abriendo las salas!

El día estaba lluvioso y fresquito, así que no me importó esperar afuera. Además quería ver a los granaderos izar la bandera. Me quedé más de una hora sentada en frente al Campo de la Gloria y no aparecieron… seguramente haya sido porque se pronosticaba una tormenta.

El campo de la Gloria (de fondo está el río)

Cambié de planes, fui a buscar el auto y llegué a una cafetería llamada Arboredo, que me había llamado la atención por estar ubicada dentro de un vivero. Podés tomar un café rodeada de plantas y también comprar alguna maceta, flores o lo que quieras.

Me pedí un super desayuno/brunch compuesto por un tazón de café con leche (de almendras), un sandwich de queso, rúcula, tomate y nueces y una ensalada de frutas. El lugar es muy tranquilo y aproveché para leer un poco.

Súper brunch para día gris rodeada de verde!

Volví al centro de San Lorenzo, dejé el auto y caminé los 200 metros que me separaban del complejo museológico, esta vez sí dispuesta a recorrer lo que me faltaba. La parte del convento la pasé de largo porque ya la había visto, me faltaban los museos de historia y de San Martín y la muestra de árboles históricos.

El que más me gustó fue el dedicado exclusivamente a uno de los principales próceres de nuestro país y de Sudamérica. La muestra es audiovisual y realmente emotiva porque cuenta toda la historia de San Martín, tanto personal como militar.

Al salir del complejo están los restos del pino donde San Martín se sentó tras la Batalla de San Lorenzo a hacer el recuento de las bajas. Si bien está seco, se sigue conservando el tronco.

Tras un descanso y una merienda casera en el hostel salí caminando al lugar donde cenaría esa noche: Almará, Caribe and Brewing (Bvd. Urquiza 271).

Almará es un restaurante/bar súper nuevo y con una propuesta diferente que me gustó mucho: lo mejor de la cultura caribeña a través de los tragos y algunas de las comidas del menú. Me senté en la terraza que armaron los mismos dueños en la vereda frente a un cartel luminoso con caretas “tikis”, de la cultura hawaiana.

Y si bien no soy muy de los tragos frutales, me tenté con una caipirinha de maracuyá bien colorida y refrescante. Pedí que me la prepararan livianita y la acompañé con unos tequeños, unos rollitos de masa hojaldrada rellenos de queso.

Cenar en Almará es como estar en el Caribe…

De a poco el local se iba llenando de gente, un público más que heterogéneo formado por familias, parejas, grupos de amigos… además de la terraza, Almará cuenta con un salón cerrado y un patio con la barra de fondo y en buena parte de la noche todas las mesas estuvieron ocupadas. ¡Parecía como si todo SanLo estuviese ahí esa noche de viernes!

De comida principal me pedí una veggie burger (con papas fritas) y una cerveza IPA, artesanal hecha en Rosario. Muy buena birra, amarga como debe ser y refrescante al mismo tiempo. Disfruté de la cena escuchando la música de fondo y pensando en todo lo que había hecho en dos días, cuando el calor me lo permitió.

Y para el plato principal algo más local!

Estar en un sitio histórico como San Lorenzo pero sentada en un restaurante moderno con luces LED y carta QR es un contraste que realmente amo de varias ciudades y pueblos de Argentina.

Por la mañana, antes de despedirme de SanLo doy un paseo más bordeando la costanera, esta vez en el auto y a muy baja velocidad. No había casi nadie por ser sábado y aproveché para mirar esa porción del río que tanto me energiza y me invita a que lo admire una vez más.

San Lorenzo queda a 30 km de Rosario y a 330 km de CABA. Se accede mediante la autopista Rosario-Santa Fe (con peajes) o la ruta 11 (con varios semáforos).

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