Ser vegetariana en… Villa La Angostura – hongos de pino, cerveza artesanal y comida para llevar

Escribo esta nota en mi último día en “La Villa” como se le dice popularmente a esta hermosa localidad de la Provincia de Neuquén. Por la ventana veo el lago y la montaña, que me acompañaron durante varios días, no siempre con el cielo despejado… Ser vegetariana en Villa La Angostura fue todo un desafío, ya que en estas tierras patagónicas el cordero y el pescado se sirven en todos lados. Pero eso no significó que no haya encontrado buenas opciones veggies para comer en mi estadía.

Llegué a San Carlos de Bariloche un domingo a las 8 de la mañana. Luego de 441 días sin viajar en avión, mi felicidad estaba en el punto máximo. En el mismo aeropuerto alquilé un auto (acá las distancias son muy largas) y emprendí el camino hacia Villa La Angostura. Paisajes montañosos me dieron la bienvenida y fueron mi compañía durante 80 km, trayecto en el cual pasé de la Provincia de Río Negro a la de Neuquén.

Como todavía tenía que esperar para hacer el check-in en el departamento que alquilé, decidí entrar en una cafetería para un desayuno tardío. El día estaba nublado pero para nada frío, y aproveché para descansar un poco mientras tomaba café con leche de almendras y tostadas con palta, huevo y queso.

Al terminar mi casi almuerzo seguí en el centro de La Villa, fui al supermercado a conseguir algunas provisiones para los siguientes días. Previo a eso, pasé por una casa de comidas donde había pedido con anticipación unas tartas vegetarianas, que me servirían de almuerzo o cena más “hogareña”. Esto lo complementaría con unas viandas que hace una chica vegana que la verdad estaban muy buenas y eran bastante rendidoras.

Imagen típica de la Avenida Arrayanes: montaña de fondo, galerías de madera y techos a dos aguas.

Terminando con esos “trámites” alimentarios, caminé un poco por la calle del centro, la Avenida Arrayanes, con sus galerías de troncos, su diseño bien montañoso y un encanto que realmente me atrapó. La Oficina de Turismo estaba abierta así que entré a pedir información y mapas (algo que me encanta hacer en cada lugar que llego). Me atendieron muy amablemente y me dieron muchos consejos para aprovechar la estadía. El domingo transcurrió sin mucho más ya que descané toda la tarde y me quedé en el departamento disfrutando de las hermosas vistas.

Al otro día, lunes, con una lluvia importante por momentos, salí a almorzar nuevamente al centro (el departamento está a unas 20 cuadras). El lugar elegido fue Nicoletto, un restaurante de pastas, de los pocos abiertos el lunes, al fondo de una de las tantas galerías de la Avenida Arrayanes. El lugar, bastante concurrido (con distanciamiento entre mesas, alcohol en cada una, toma de temperatura antes de entrar, etc), nos invita a disfrutar de un ambiente familiar más que relajado.

Probé dos opciones de pastas: unos sorrentinos verdes rellenos de calabaza con salsa de hongos de pino y unos raviolones cuatro quesos con la misma salsa. Bien caseros, suaves, ricos, para mojar el pancito y dejar el plato bien limpio (o pulito, como se dice en Italia y que me enseñaron en un ristorantino de Chascomús).

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El almuerzo de lunes lluvioso en Nicoletto: unas buenas pastas caseras con hongos de pino

De postre, un tiramisú, mi favorito en cuanto a comida italiana se refiere. Mientras tanto hablé con Natalia, la dueña de Nicoletto, quien me cuenta la historia del lugar. Empezó siendo una fábrica de pastas allá por 2004 y luego en 2008 abrieron como restaurante. El nombre se debe al otro socio, Nicolás, a quien todos conocen como “Nicoletto”.

El año pasado, octubre del 2020 para ser más precisos, se mudaron a esta galería de Avenida Arrayanes 256. Su menú es muy simple, indica Natalia, porque tienen recetas que les gusta preparar y disfrutar, sin dejar de lado el sello neuquino, pero con su propia insignia bien “tana”.

Me despedí de Nicoletto para caminar un poco por el centro, aunque no tardé mucho en regresar al departamento, un poco por la lluvia, otro porque los locales estaban cerrados (siesta rigurosa de pueblo) y además porque necesitaba dormir tras la comida.

Antes de continuar el relato, me gustaría decirles que durante varios de mis viajes soy muy casera, me quedo en el departamento al menos la mitad de cada día (salvo excepciones) y hago un turismo que quizás algunos conozcan como “slow travel” aunque sea una estadía corta.

Es por ello que “la aventura” continua el martes, con uno de los paseos que personalmente más esperaba. Se trata del recorrido de 12 km por el bosque de Arrayanes. ¡La primera vez que iba a entrar a un Parque Nacional! Me levanté temprano y me dirigí hacia la zona de Puerto Angostura, donde están las Bahías Mansa y Brava. Allí hay un estacionamiento municipal y la entrada al parque (es un portón grande imposible de no ver).

La idea era hacer el recorrido caminando y luego regresar en catamarán. Cuando fui a sacar los pasajes, me dijeron que no podían venderme el regreso porque a esa hora (serían las 9,30) aún nadie había comprado el boleto de ida.

Igualmente el día estaba hermoso y sabía que varias personas terminarían haciendo el paseo (se puede ir y volver en catamarán), así que decidí comenzar la caminata, aún sin tener asegurado un lugar en el barco. A pocos metros de la entrada al parque está la cabaña de información turística, donde se compra el ticket (sale $230 para los argentinos).

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La entrada al Parque Nacional Los Arrayanes

El primer kilómetro del sendero es en subida, con escalinatas, de esas que te dejan sin aliento aunque seas una persona que entrena cinco veces a la semana. Un poco más adelante el camino se bifurca para ir a los miradores. Primero elegí el de Brazo Norte (o Bahía Brava), con unas vistas impresionantes de las montañas y el lago. La inmensidad del paisaje te deja boquiabierto de la emoción, es naturaleza en estado puro.

Luego el otro mirador es el de Bahía Mansa y se pueden ver las embarcaciones en el lago, un poco más de verde y algunas casas a la distancia. Ambos son recomendables para hacer aunque haya que desviarse del sendero principal.

Después el recorrido es bastante llano, con algunas subidas no demasiado pronunciadas. Cada medio kilómetro está marcado con una señal así podes ir calculando el tiempo que te lleva terminar (el km 11 es el destino). Más o menos se tardan unos 15 o 20 minutos por kilómetro, según la velocidad que pongamos al paso.

Yo prácticamente no paré, y comí los snacks de la mañana (manzana y barra de cereal) mientras caminaba. No quería perderme el barco de regreso, que partía del puerto a las 13.45. Casi al final del camino comienza el Parque Nacional Los Arrayanes propiamente dicho, te das cuenta no solo porque hay algunos portones, sino porque empiezan a aparecer estos árboles de madera anaranjada típicos de la zona.

Y por fin… llegar al puerto. No saben la felicidad de ver que el barco no se había ido y que todavía me quedaban 45 minutos para conocer el parque. Hay una pasarela de madera que forma un circuito de 800 metros para ir viendo los árboles, realmente hermoso. También hay una “casa de té”, más bien una proveeduría con mesas en el interior y espacio para sentarse al aire libre. Yo llevé la vianda, unas empanadas vegetarianas (entre ellas de hongos de pino) y comí mirando el lago.

El regreso en el catamarán es de 45 minutos y según la empresa que contrates llegas a Bahía Mansa o a Brava (este fue mi caso). Muy cansada pero inmensamente feliz de caminar 3.15 hs casi sin parar, regresé al departamento para una reparadora y necesaria siesta.

Por la noche, el plan era recuperar energías en una cervecería muy cercana a mi alojamiento. Se trata de Epulafquen, ubicada en el barrio del mismo nombre y que en idioma mapuche quiere decir “dos lagos” (cerca de allí confluyen los lagos Nahuel Huapi y Correntoso).

La historia del lugar se remonta al 2010, pero desde antes los dueños (Diego y la Polaca) ya habían empezado a hacer cerveza artesanal en la zona. Fue así como se convirtieron en la primera cervecería de La Angostura. Actualmente fabrican unos 100 mil litros de cerveza al año, al estilo inglés (más tradicional). Un dato interesante es que la materia prima proviene de Alemania -la malta- y el lúpulo de Lago Puelo y el Bolsón (también en La Patagonia).

Manuel, el encargado, lleva a la mesa siete medidas para degustar la cerveza que preparan en Epulafquen y me cuenta la manera en que hay que probarlas (de más suave a más fuerte). De todas, mi favorita es la EPA (English Pale Ale) así que me pido una pinta para la hora de la cena.

Degustando cervezas en Epulafquen. Mi favorita: la EPA.

Mientras estaba degustando las cervezas se presenta “el turco”, el cocinero de Epulafquen, una de las últimas incorporaciones al equipo. Me cuenta cómo es el menú vegetariano disponible y cómo lo prepara.

Para empezar, me dice que las verduras las macera en cerveza antes de cocinarlas… ¡No puedo esperar hasta que llegue la comida! Se trata de una pizza a la piedra con vegetales horneados por un lado y un sandwich de vegetales, queso y rúcula con pan de remolacha por el otro. Antes de eso me había traído unas papas asadas con pico de gallo, para no beber con el estómago vacío.

Muy buenas opciones veggies en Epulafquen. ¡El pan de remolacha está espectacular!

De a poco van llegando los clientes a la cervecería, algunos asiduos, otros nuevos como yo. Todo en un ambiente relajado, familiar y ameno. Escucho al pasar que salen varios sandwiches vegetarianos y eso me pone muy feliz… tanto como cuando veo en el menú la opción veggie o la V en verde.

Me despedí de Manuel y de Epulafquen con la sensación de haber pasado un rato en la casa de unos amigos de toda la vida. Noche cerrada y despejada, algo de frío y en La Patagonia, no se puede pedir más.

Miércoles y nuevamente lluvia en este otoño de Villa La Angostura… así que mejor quedarse descansando después de la gran caminata de ayer (no fue la más extensa, ya había caminado más de 20 km en Denver, pero no lo hago muy seguido, por eso las consecuencias se hacen notar).

Por la tarde, bastante fresca, decido ir al centro de la villa para merendar y pasear un poco por la Avenida Arrayanes, con los negocios abiertos después del cierre de mediodía. Elijo una cafetería muy linda, toda de madera y troncos, con relojes cucú en las paredes y manteles bordados como los que hacía mi abuela. Me pido un submarino (de esos que te traen el chocolate en barra y la leche bien caliente) y un waffle con mermelada de frambuesa.

Al terminar me dispongo a caminar por el centro, primero voy hasta la municipalidad (muy linda, de madera y una torre), la parroquia, la plaza (en altura)… lo típico de pueblo. De la vereda de enfrente está la terminal de micros con una escultura de un muñeco de nieve y detrás en temporada una feria de artesanos (estaba cerrada). Sigo caminando por la avenida para ir entrando en las diferentes galerías, comprar algunos recuerdos: chocolates, cervezas, mermeladas no pueden faltar.

Una vez que “termina” el pueblo -o empieza, según cómo se mire- se cruza un puente y se encuentra un mercado al aire libre con arquitectura de madera, chapa y cosas antiguas, que me hizo acordar al Mercado de Maschwitz en Buenos Aires. Ya para ese entonces empieza a oscurecer y decido regresar al departamento para cenar bien resguardada de las bajas temperaturas.

Arquitectura «reciclada» en el Mercado de Villa La Angostura.

Amanece el jueves con el plato fuerte de la semana: hacer el camino de los 7 lagos, lo que todo el mundo me había recomendado que haga durante mi estadía en La Angostura. En total son 110 km hasta llegar a San Martín de los Andes, todo por una ruta de montaña, con curvas, contracurvas, subidas y bajadas… y unos paisajes increíbles.

La mayor parte del recorrido se hace por la Ruta Nacional 40 (la más extensa del país), aunque en algunos tramos hay que bifurcarse. Eso sucede antes de ver el primer lago, el Espejo. En la intersección con la ruta 231, giras a la izquierda y a unos 500 metros se encuentra el mirador. Era bastante temprano (alrededor de las 9,30 de la mañana) y se podían ver las nubes en suspensión en el lago. Una tranquilidad inmensa me invadió y allí mismo me di cuenta de que sería un día inolvidable.

Siguiendo por la 40, el segundo lago es el Correntoso, uno de los más extensos de la ruta, de aguas verde-azuladas y rodeado por una hermosa cadena montañosa. Vale la pena destacar que antes de llegar a un mirador hay un cartel que te avisa la proximidad del punto panorámico. Hay que prestar mucha atención y mirar dónde está la zona de estacionamiento (algunos están en la misma “mano” del mirador, otras en frente).

El camino de 7 Lagos es un obligado si están en La Angostura o en San Martín de los Andes

Varios kilómetros más adelante (pasamos por la cascada Ñivico pero no paré), está el mirador Lago Escondido, que como su nombre lo indica no está tan a la vista como los demás. Detrás de los árboles se pueden divisar sus aguas, de color verde esmeralda.

A tan solo 500 metros podemos encontrar el Lago Villarino y tras cruzar un puente, el Lago Falkner, que tiene una playita muy linda y tranquila (al menos un día de semana de otoño) para admirar el agua y las montañas de fondo. Fue uno de los que más me gustó.

Para el siguiente lago hay que hacer un desvío en el camino. Se debe prestar atención ya que no está muy bien señalizado. Por la ruta se encuentra un restaurante y un cartel que nos avisa que hay un camping. También un pequeño cartel dice “Hacia Lago Hermoso 2km”, la distancia que debemos hacer por un camino de tierra mejorado rodeado de árboles.

La verdad es que vale la pena el desvío, porque el lago es impresionante! Tiene una playita y un muelle. Se puede caminar hacia los dos laterales y ver las montañas a lo lejos (y no tan lejos). Este también fue de los más lindos del recorrido, hace total honor a su nombre.

El Lago Hermoso realmente le hace honor al nombre, es de los más lindos del recorrido.

Desandando el camino (ya para ese entonces me había comido las manzanas y las barritas de cereal que llevé para el trayecto) retomé la 40 para ir en búsqueda del anteúltimo Lago, el Machónico, también con su mirador a la vera de la ruta. Azul intenso en el agua y menos vegetación que los demás, pero lindo también.

Finalmente, llegué al Lago Lácar -tres horas después de haber salido- y en este caso no fui hasta el mirador, porque decidí entrar directamente en la ciudad de San Martín de los Andes porque ya tenía hambre y quería almorzar.

El recorrido por San Martín lo contaré en otra nota, pero sí puedo decirles que antes de regresar aproveché para ir a un mirador en lo alto de la montaña y ver al Lácar como se merece. El camino de regreso fue mucho más rápido porque no me detuve en ningún mirador.

Eran casi las 20 horas cuando llegué y solo me dio tiempo para comer algo y descansar. El último día en La Angostura iba a ser tranquilo, pero con algunas actividades interesantes que vale la pena destacar.

Llegó así el viernes… con un día espléndido y soleado. Por la mañana me quedé para trabajar mirando la montaña y después del almuerzo y la siesta obligatoria (ese descanso que muchas veces en el día a día dejamos de lado) fui a la Playa del Lago Correntoso, que quedaba a muy pocas cuadras del departamento.

Se llega por la calle Cacique Antriao y se puede estacionar en la “costanera”. La playa es muy linda, con montañas de fondo y algunas olas que realmente me hipnotizaron. Había algunas personas (parecían locales) tomando mate pero no se escuchaba más que el ir y venir del agua… si buscan un lugar para meditar o reflexionar sobre la vida, este es el indicado.

La playa del correntoso es perfecta para desestresarse y filosofar sobre la vida.

A pocos metros de la playa hay un puente peatonal de madera que te lleva a una senda natural, solo seguí unos metros para admirar el lago y las vistas. También desde el mismo puente aparece una pequeña cascada, otra excusa más para quedarse obnubilado mirando el agua.

Seguí el recorrido pero esta vez fui al otro extremo de La Angostura, para ello tuve que atravesar todo el pueblo y seguir por la ruta 40 unos 7 km. El destino: Puerto Manzano. Hay un cartel enorme que indica donde girar. Esta especie de barrio “cerrado” está en una bahía, entre hermoso bosque y casas y hoteles de madera y piedra. Llegamos a la playa pública donde casi estaba anocheciendo. ¡Una postal hermosa para terminar mis días acá!

Antes de que sea noche cerrada desandé el camino para mi último rincón de la estadía. Me refiero a la Cervecería Australis, ubicada en la ruta 40 antes de la entrada (desde mi perspectiva volviendo de Puerto Manzano) de Villa La Angostura.

Sin haber puesto un pie en Australis ya supe que me iba a encantar… estructura de madera, un bowindow, muchas flores en el jardín… y una vez en su interior, lo confirmé: hogar a leña, estufa, cómodos sillones, luz tenue, carteles antiguos, juguetes colgando del techo, colecciones de lo que se te ocurra… allí nos recibe Josefina, quien sería nuestra anfitriona en esta velada tan linda de un viernes de abril por la noche.

Jose nos cuenta que la historia de “la cerve” (como le dice ella) comenzó hace casi dos décadas, con el sueño de su papá Osvaldo y su mamá Betty. Ellos decidieron dejar todo en la ciudad de Quilmes (Buenos Aires) para armar una cervecería en la montaña, “la primera de la villa” dice con orgullo. Así fue como la familia -una fusión entre italianos y polacos- llegaron aquí y se asentaron.

Durante años el padre y la madre fueron los encargados de llevar adelante el restaurante hasta que hace 4 años Osvaldo falleció y sus hijos (además de Josefina, también está Tomás) volvieron otra vez al sur para ayudar a Betty en el negocio familiar.

Y allí fue cuando cambió un poco el estilo de la cerve. Actualmente los platos que se sirven son una fusión entre típicos patagónicos, recetas italianas y lo más popular de la gastronomía de Polonia. Mientras charlábamos con Jose, Tomás iba prendiendo las estufas y poniendo todo a punto para empezar a recibir a los clientes de la noche. Además el plan no podía ser mejor ya que iba a haber un show musical en vivo de una pareja local.

Me senté en una ubicación estratégica, en el bowindow y cerca de la estufa, y mientras esperaba la cena, Jose me trae una cerveza IPA, que preparan ahí mismo. Ya empiezan los músicos a probar sonido y a prepararse cuando me trae, nada menos que Betty en persona, una tabla vegetariana que “por el momento” no está en el menú, pero que varios le echaron el ojo. ¡Es que era tan colorida y tentadora!

La picada veggie especial que comimos en Australis. ¡Espero que pronto esté oficialmente en el menú!

¿Qué tiene esta super bandeja? Hummus, platskis (unas bolitas de papa rallada y fritas al estilo polaco), croquetas de papa, buñuelos de acelga, dip de queso crema, queso cheddar, dip de remolacha, bastones de zanahoria y talitas… una combinación perfecta.

Cuando pensaba que no podía seguir comiendo… llegan más platos. Primero unos ñoquetes con salsa de hongos y luego unos Pierogi, una especie de empanaditas hervidas, rellenas de papa y queso, típicas de Polonia.

Sigue llegando la comida a nuestra mesa. Primero ñoquetes (arriba) y después Peroguis (abajo).

Me quedé un poco más disfrutando de la música y el ambiente de Australis, y tomando fuerzas para levantarme de la silla después de tremenda comilona… antes de volver al departamento admiré un poco más el valor de esta familia que se animó a dejar su vida en la ciudad para venir a un pueblo de la Patagonia y que hoy en día ese sueño sigue cumpliéndose gracias a una segunda generación dedicada y apasionada…

Sábado por la mañana y no quería irme de La Villa, no sé si a todos los que vienen acá les pasa, pero yo sentí una “conexión” con esta hermosa ciudad patagónica, con sus lagos, con sus playas, con sus casas de madera, con sus montañas… y seguramente regrese en algún otro momento para verla quizás vestida de nieve o más colorida en primavera. ¡Espero que sea muy pronto!

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