Ser vegetariano en… Buenos Aires – Bares notables de Av. De Mayo

Siempre me llamó la atención que a Buenos Aires la llamasen “La París de Sudamérica”… no entendía bien por qué era, hasta que viajé a la capital francesa y lo vi con mis propios ojos. ¡Era como estar en Avenida de Mayo! (salvando las distancias, el idioma y algunas cosas más).

Desde mi regreso de París, cada vez que caminaba o pasaba por esa avenida prestaba más atención a su arquitectura, a sus cúpulas y a los edificios con nombres de arquitectos en sus fachadas. Por eso es que decidí recorrerla como una turista más, sin prisas y con los sentidos bien abiertos…

Lo primero que hice fue imaginar cómo era esta misma avenida hace algunas décadas atrás -por los años de Gardel- y me dispuse a caminar, esquivando a los oficinistas que van de aquí para allá haciendo trámites o mandando mensajes con su celular.

El recorrido comenzó en la Plaza de Mayo, este espacio tan importante en la historia de los argentinos; de un lado la Casa Rosada y del otro el Cabildo, o lo que quedó de él tras haberle derribado sus laterales para construir justamente la avenida por la que seguiría mi camino…

El primer edificio que se destaca, al menos para mi, es el del diario La Prensa, -hoy Casa de la Cultura- con su estatua de mujer que simboliza la libertad y que fue hecha en Francia (como no podía ser de otra manera) para luego ser traída a la Argentina a fines del siglo XIX.

A pocos metros de allí, llegando a la esquina con Perú, me espera el primero de los “bares notables de la Avenida de Mayo”, el London City. Imposible no verlo con sus toldos rojos y sus letras doradas en fondo negro. La entrada hace esquina y el entrar y salir de la gente (eran las dos de la tarde) me hizo acordar que estoy en plena ciudad en el siglo XXI, donde todo es a colores y no ya en blanco y negro.

El Café London CIty visto desde la vereda contraria de Avenida de Mayo.

 

Igualmente entro para ver el bar por dentro y más allá de la cantidad de comensales y el bullicio de su interior, puedo encontrar algunos detalles que me dan un indicio de cómo era en la época en que Julio Cortázar lo frecuentaba, cuando se llamaba simplemente “Café London”. No me detengo demasiado porque quiero continuar mi camino por la Avenida de Mayo, pero me gustaría regresar en un horario menos central para poder sentarme allí e imaginar cómo el escritor pasaba sus horas o incluso sus días entre estas paredes y ventanas.

A solo media cuadra encuentro otro bar, “La Junta de 1810”, un poco más tranquilo que el anterior y, según me pareció, más visitado por clientes “de siempre”. Justo pensaba en eso cuando un señor que ya pintaba canas y que estaba tomando un café me ve “cara de periodista” (qué lindo es volver a ejercer mi profesión de vez en cuando) y me empieza a contar cómo era la zona hace un par de años, cuando los bares eran lugar de encuentro de los vecinos, donde se juntaban los amigos para un vermut o algún otro trago fuerte… Según sus palabras, eso se perdió porque “a la juventud no le interesa la historia o la cultura”. Algo de cierto tienen sus palabras, pero también sé que los bares notables son visitados por cientos de turistas y locales. Y espero que sigan en pie guardando un pedacito de nuestra historia…

Salgo de allí con la sensación de que tengo mucho que aprender de las generaciones anteriores, quienes al igual que este señor, tienen recuerdos muy bonitos de las épocas pasadas, que como se dice popularmente “fueron mejores”.

La entrada de uno de los bares notables de la Avenida de Mayo, cuyo nombre alude a la Junta formada tras la Revolución de 1810.

Solo tengo que caminar dos cuadras más por Avenida de Mayo para llegar al “plato fuerte” entre los bares notables: el famoso Café Tortoni. Ya en la puerta uno puede sentir que ha viajado en el tiempo, con su techo verde con “picos” al estilo inglés como aún se conservan en la mayoría de las estaciones de trenes de la Provincia de Buenos Aires. Eso es lo único que podría considerarse británico, el resto de esta “casa fundada en 1858” como reza un cartel en la puerta, es francés, se lo mire por donde se lo mire.

Nos da la bienvenida, en plena vereda, la estatua del poeta y escritor de tango Horacio Ferrer, nacido en Montevideo pero nacionalizado argentino y conocido por componer, junto a Astor Piazzolla, nada menos que la “balada para un loco”…

Ya sé que estoy Piantao, piantao, piantao. Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión. Y a vos te vi tan triste… ¡Vení, volá, sentí! -Balada para un loco, Astor Piazzola y Horacio Ferrer-

Apenas atravesé la entrada del Café Tortoni retrocedí un siglo en el tiempo (o quizás más). Los vitrales en el techo, las mesas de mármol y las lámparas iluminando con poca nitidez el ambiente despertaron en mi una capacidad que no creía posible: pensar en blanco y negro.

Nostalgia quizás sea la palabra que mejor describe al Café Tortoni, un viaje en el tiempo apenas atravesamos sus puertas.

Aunque se trate de un bar muy famoso y frecuentado por turistas de todo el mundo, la atmósfera era muy tranquila, relajada, como perdida en el tiempo y el espacio.

Me pido un cortado en jarro, que me traen en una taza muy bien decorada con el nombre del lugar, y me dedico a observar a mi alrededor… y por supuesto a imaginar a ciertos personajes que lo frecuentaban en la ‘época dorada del tango’ como Carlos Gardel o Eladia Blazquez -que hasta tiene una sala con su nombre- y varios personajes importantes de nuestra literatura, como Alfonsina Storni -también tiene su sala- y Jorge Luis Borges. Los encuentros literarios del Tortoni, conocidos como “La peña” atrajeron a muchos artistas entre las décadas del 20 y del 40… ¡Y yo estaba en ese mismo lugar, en esas mismas mesas, respirando ese mismo aire! Aunque debo confesar que no soy amante del tango, fue imposible no sentirme atrapada por las fascinantes historias que sucedieron en el Tortoni.

La taza muy bien decorada -con la galleta a tono- encima de una mesa de mármol con tanta historia como el establecimiento.

Con ese espíritu al son del 2X4 y de la poesía rondando por mi cabeza seguí caminando por la Avenida de Mayo, sin prestar atención al ruido de los autos y de los colectivos, como tampoco a la vorágine de la gente caminando a toda velocidad.
Todavía me quedaba un bar más por visitar, pero para ello tenía que cruzar la Avenida 9 de julio. Tardé bastante en atravesar esas cuadras -escasos 500 metros- porque me detenía frente a cada edificio y lo admiraba, como si fuese una arquitecta analizando sus obras.

El lugar en cuestión era el café “Los 36 billares”. Para ese entonces ya no estaba sola, me acompañaba mi amiga Claudia, una compañera de aventuras y “paseos culturales” como no hay otra. Eran las 4 de la tarde y la idea era merendar juntas para luego visitar un lugar cercano, pero no me adelantaré a los hechos…

Volviendo al café, fundado en 1894, es “el epicentro” de los amantes del billar, incluso en el subsuelo hay muchas mesas para disfrutar de este juego en cualquier momento del día. El bar está algo “modernizado” con sus televisores LED en las paredes, aunque mantiene el revestimiento de madera y varias lámparas colgando del techo, que le dan un aire antiguo.

La puerta del «36 billares» muy a tono con lo que nos espera en su interior: modernidad y vestigios de épocas pasadas.

Tras atravesar el salón de “comensales” y una vitrina con tortas, pan dulce -la especialidad de la casa- y facturas, podemos encontrar algunas mesas de billar y un “religioso” grupo de jugadores demostrando sus dotes debido a la práctica del día a día.

Me habían dicho que en Los 36 billares había que probar la “súper merienda” bautizada como Federico García Lorca, claramente en honor al famoso escritor español. Cuando se la pedimos al mozo lo primero que nos dice es: “no se preocupen, lo que no coman se lo pueden llevar a casa”. Pensábamos que nos estaba haciendo una broma… ¡Hasta que llega con una bandeja de tres pisos de cosas dulces y saladas! Era como para invitar a merendar a todos los que estaban en las mesas de los alrededores.

Ya habiendo disfrutado de nuestra merienda (y de una típica charla de amigas), y con un paquete de cosas dulces muy ricas para el desayuno del otro día, nos quedaba aún por recorrer -ya sin comida de por medio- el Palacio Barolo, la “frutilla del postre” de esa tarde. Este edificio construido a inicios del siglo pasado basándose en La Divina Comedia de Dante Alighieri alberga oficinas en sus 24 pisos y es digno de recorrer.

Al ingresar estábamos en el Infierno y a medida que la visita guiada (más que recomendada) transcurría pasamos al Purgatorio y por último, al cielo… ¡Con un faro incluido! Además de la arquitectura y del diseño muy bien pensado, sus ascensores de hierro forjado, sus “guiños” a la Masonería, sus frases en latín y sus mensajes ocultos, este edificio nos fascinó por las hermosas vistas que tiene de la Avenida de Mayo y del centro de la ciudad, y porque nos permitió ver desde lo alto al Congreso de la Nación con su cúpula verde o incluso el Río de la Plata detrás de los edificios de Puerto Madero.

El broche de oro de esta tarde histórica, cultural y gastronómica… Las vistas al Congreso desde el Palacio Barolo.

Aprovechamos para disfrutar del atardecer que nos indicaba que era hora de regresar a casa y de recordar todo lo vivido (y comido) esa tarde por los bares notables de Avenida de Mayo… las luces se iban encendiendo y las cúpulas iluminando.

Con el estómago lleno y el corazón contento me fui a descansar satisfecha por haber viajado en el tiempo y aprendido aunque sea un pedacito de la historia de “mi Buenos Aires querido”, como reza el famoso tango de Carlos Gardel.

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