Ser vegetariano en… Chascomús: almuerzo italiano, desayuno presidencial y picnic en la laguna

Fin de semana previo al comienzo de la primavera y con los primeros días cálidos comienzan las nuevas aventuras recorriendo los pueblos de Buenos Aires. En esta oportunidad, fueron 48 horas con mi amiga Claudia en Chascomús, “la tierra del agua muy salada” .

Hacía tiempo que quería conocer esta ciudad, con su espectacular laguna, así que estaba emocionada por llegar. El primer punto de contacto con ella fue, como no podía ser de otra manera, su vieja estación de trenes. Más allá de aprovechar para sacar ´la foto de portada´ (además de la selfie de rigor para demostrar que estuve ahí), tengo algo personal con el ferrocarril. Quizás sea porque mi abuelo siempre me contaba historias de viajes que demoraban mucho más que ahora… o tal vez porque tengo el anhelo de que nuevamente el país se conecte a través de las vías… pero hay algo que me llama la atención de todas las estaciones, inclusive las que siguen en funcionamiento.

Pero no nos vayamos por las ramas (o por las vías)… volviendo a la vieja estación de trenes de Chascomús, cuenta con un museo ferroviario -similar al que visitamos en Navarro– con diferentes objetos alusivos (boletos, señales, telégrafos, bancos y mucho más). Además, por motivo de la semana del inmigrante había una bonita exhibición donde se contaba la vida de aquellos que llegaron al país hace más de un siglo (también se podían ver muestras sobre el tema en dos museos más de Chascomús).

No nos detuvimos demasiado allí ya que era el mediodía y teníamos reserva para almorzar en un restaurante italiano muy cerca de la laguna. Puntuales como siempre, apenas “Il Ristorantino di Terra Lucana” abría sus puertas arribamos para disfrutar de una comida 100% tana.

Allí nos recibe Federico, su dueño, quien junto a su suegro inauguraron el restaurante hace cinco años, como un proyecto adicional a un conjunto de cabañas linderas, con una década de vida. Lo primero que pienso al llegar al ´pequeño restaurante´ (como sería la traducción) es que en realidad estoy en algún lugar de Italia, país que me encantaría conocer.

Las paredes están atiborradas de mapas, cuadros, bufandas con equipos de fútbol (enseguida me sale la periodista deportivo y busco los diferentes escudos), fotografías antiguas y hasta recetas de cocina… me copio la del limoncello que prepararé en alguna ocasión.

Nos sentamos en una de las mesas pegadas a las ventanas y diviso una huerta… ¡Es realmente como estar en una campiña italiana! En ese momento y mientras buscábamos diferentes lugares en un mapa de la pared, Federico nos cuenta un poco sobre la historia del lugar, el por qué del nombre -la tierra donde eran los antepasados de su suegro- y por supuesto la propuesta gastronómica.

Una de las particularidades de “Il ristorantino” es que no tiene carta impresa… los nombres de los diferentes platos se pueden ver en dos grandes pizarras ubicadas detrás de la barra-mostrador. Otra de las cosas que más me llamó la atención del lugar, es que la típica frase ´atendido por sus dueños´ no es una mera formalidad… los dos hombres se esmeran realmente en explicar las diferentes variantes del menú, y no solo eso, sino que se interesan por los gustos de los comensales para poder recomendarles algo que seguro les encantará.

Nos sirven un antipasto vegetariano compuesto por varias delicias: aceitunas verdes y negras, alubias y garbanzos, pasta de berenjenas, berenjenas al escabeche, pan de pizza, tortilla de verduras y una riquísima bruschetta de tomate, queso y albahaca (de la huerta).

De primer plato, Federico nos recomienda dos de sus platos estrella. Por un lado, los tortelli Mantovani, una receta del norte italiano. Se trata de unas pastas rellenas terminadas en punta teñidas con hongos de pino y rellenas con calabaza, membrillo, amaretti y almendras. ¡Amantes de lo agridulce… no duden en probarlo!

El otro plato eran unos Strascinatti Renato (en honor a un cocinero de la famosa Casa Artusi que los visitó desde Italia). Una pasta alargada con una riquísima salsa hecha con todos ingredientes de la huerta: tomates cherry, albahaca y perejil. ¡Una total delicia!

Tras un ´buon apetito e piatto pulito´ (buen provecho y plato limpio en la traducción), disfrutamos del almuerzo mientras el ristorantino se llenaba de comensales, muchos de ellos moteros y otros turistas que habían recibido muy buenas recomendaciones del establecimiento.

Le hicimos caso con eso del ´plato limpio´ porque no quedó nada de lo rico que estaban las pastas, sin dudas caseras. ¡Y todavía nos faltaba el postre! Ya que habíamos innovado bastante con la comida, preferimos algo dulce típico: el tiramisú (uno de mis postres favoritos).

Charlamos un poco más con Federico y antes de irnos nos trae un ´digestivo´… pomeloncello y mandarincello hechos ahí mismo. Otra receta más heredada, como todas las que podemos encontrar en Il Ristorantino di Terra Lucana, un lugar donde el vínculo entre personas y sobre todo con los alimentos, es fundamental.

Il Ristorantino di Terra Lucana se ubica en la calle Roca 629, a solo 100 metros de la laguna. Abre de jueves a sábado al mediodía y a la noche y los domingos y feriados al mediodía.

Tras la gran comilona italiana, la mejor idea hubiese sido salir a correr por la laguna, pero en lugar de ello decidimos visitar el museo pampeano y el parque Libres del Sur. No pudimos recorrerlo como me hubiese gustado ya que faltaba poco para la hora del cierre, pero al menos tuvimos la posibilidad de ver la construcción, réplica de una casa de postas, como la que había en la chacra de Martín de Pueyrredón (que visitamos hace algunos meses en San Isidro) y algo de la exhibición del museo, mayormente dedicada a la vida de campo y a los inicios de la ciudad. En el parque hay una estatua de Raúl Alfonsín, hijo pródigo de Chascomús.

Información del Museo Pampeano: se localiza en la Avda. Lastra y Muñiz, frente a la laguna. Abre de martes a viernes de 9 a 15 hs y sábados y domingos de 10 a 16 hs. La entrada cuesta $50 (septiembre 2019).

La hora de la siesta es sagrada en todos los pueblos, pero parece que la Laguna de Chascomús es la excepción a la regla. Quizás porque el sábado estaba soleado y caluroso o porque estábamos en la zona más concurrida, pero lo cierto es que podíamos ver mucha gente paseando, haciendo picnic, disfrutando los juegos para chicos, haciendo ejercicio… decidimos entonces ´dar la vuelta a la laguna´… ¡Pero en auto! Son en total 32 kilómetros donde la vegetación va cambiando y también la afluencia de gente.

Al principio del recorrido había restaurantes, cafeterías, paradores… luego muchos árboles, campings y algunas casas. Ibamos a ´velocidad paseo´ para poder disfrutar del paisaje, del canto de los pájaros, del verde en sus diversas tonalidades. Y casi sin darnos cuenta, habíamos completado toda la circunferencia.

Para ese entonces eran las 5 de la tarde y la siguiente parada era el lugar donde nos alojaríamos esa noche: La Casona de Chascomús, un hotel-museo que fuera la casa donde vivió Raúl Alfonsín, entre 1957 y 1972 (la segunda de cuatro viviendas de la ciudad, durante sus primeros años de matrimonio y la crianza de sus seis hijos).

La casa está ubicada a media cuadra de la plaza principal -casco histórico-, en una zona muy tranquila de calles adoquinadas y construcciones coloniales. Apenas ingresamos a esta vivienda de paredes color salmón, con puertas y ventanas altas y un típico zaguán con azulejos en las paredes nos trasladamos a otra época, unas décadas atrás. Allí una puerta llevaba a lo que era el despacho de quien fuese presidente de la nación entre 1983 y 1989, cuando comenzaba su carrera de abogado y daba sus primeros pasos en la política. Conserva las bibliotecas originales y hay un proyecto de convertirlo en un espacio de homenaje para ser visitado por locales y turistas.

El living con sus bibliotecas del piso al techo, hogar a leña y cómodos sillones me hacen pensar en que sin dudas la familia Alfonsín era amante de la lectura (el ex presidente tenía una colección de cientos de libros según supe luego). Desde allí, unas hermosas puertas nos dan acceso a uno de los dos patios, el del aljibe, también con sillones muy cómodos, donde, imagino yo, se reunirían para disfrutar de la tranquilidad de las noches de verano.

Continuamos el recorrido y llegamos al comedor, hoy modernizado con un gran mural pintado a mano repleto de palabras y frases alusivas al desayuno y la merienda, pero con algunos toques antiguos (como un teléfono de pared). Mucha luz entraba por las ventanas, al estar rodeado no por uno, sino por dos patios (el segundo era más grande, con una parrilla y mesas bajo un bonito gazebo). Seguimos hacia la cocina, con un gran ventanal, un mapa pintado en la pared y una excelente combinación entre el mármol, la madera y el ladrillo… como si fuese una foto en una revista de decoración.

Salimos al segundo patio para ingresar a nuestra habitación, lo que antiguamente era el lavadero. Hoy es una mini cabaña con una cama matrimonial y una de una plaza, baño completo y una cocina equipada con heladera, pava eléctrica y una mesita con dos sillas. Y por supuesto, desde la ventana vista al patio, donde en uno de los laterales un bonito cantero con lavandas (entre otras plantas) le daba un toque natural encantador.

La tranquilidad de esta casona-hotel de solo cinco habitaciones (tres en la parte delantera de la casa, antiguos cuartos del matrimonio y los hijos y una más grande detrás de la cocina) nos invita a sentarnos en uno de sus tantos sillones para disfrutar de un buen libro… y si nos olvidamos el nuestro, hay opciones disponibles allí mismo, dedicados obviamente a Alfonsín y a Chascomús.

Nos preparamos una merienda (mate para mi amiga, café para mi) y aprovechamos a descansar en el comedor, recibiendo el sol desde varios frentes. Sin darnos cuenta, comienza a atardecer y decidimos salir a recorrer un poco más de la ciudad.

El Hotel-museo La Casona de Chascomús está ubicado en la calle Lavalle 227 y funciona todo el año. Incluye desayuno completo y ofrece cocina compartida, WiFi de alta velocidad, parrilla, espacio de work & coffee e información turística.

Caminamos los escasos 30 metros que nos separan de la plaza principal, llamada Independencia, iluminada ya para ese entonces y donde se localizan los típicos edificios ´de todo pueblo´ (catedral, municipalidad, banco, etc). Dimos la vuelta manzana sin detenernos demasiado, ya que teníamos pensado recorrerlo todo mejor al otro día.

Así que caminamos por la calle Mitre (bordeando la municipalidad), nos topamos con el reloj de los españoles, como si fuese un obelisco en la intersección con el boulevard de la Avenida Lastra. Allí la calle cambia de nombre y pasa a llamarse Libres del Sur, una zona céntrica comercial que a esa hora recibía las ´visitas´ de los locales y algunos turistas. A pocos metros, a mano derecha, se encuentra el café club social, con una arquitectura pintoresca, que sin dudas llama la atención. Funciona allí un bar y un restaurante, ambos con mobiliario antiguo, bien de belle epoque.

Seguimos un par de cuadras más hasta que llegamos a una esquina con un bar-restaurante bien moderno y decidimos entrar allí para cenar. Aún era temprano, pero las mesas estaban en su mayoría ocupadas por familias, estimo yo que locales. Una de las cosas que me gustó del lugar fue que el menú tenía opciones vegetarianas bien señaladas. Así que no dudamos un instante y pedimos sandwich con vegetales, en pan casero con semillas, acompañado con papas fritas y una rica salsa para mojar. Para beber, una limonada con jengibre, rodajas de limón y menta muy refrescante.

Decidimos volver al hotel para disfrutar de un rico té en la habitación mientras hablábamos de todo lo que habíamos vivido y aprendido ese día…

“Les pido que me esperen acá, dentro de un rato vendré con la noticia de que cada uno de nosotros, podremos volver a nuestro hogares, para darle un beso a nuestro hijos, y en ese beso decirles, que le estamos asegurando la libertad para los tiempos” -Raúl Alfonsín-

El domingo nos despertamos con el sonido de los pájaros y fuimos a desayunar al comedor del hotel, en una gran mesa compartida con los demás huéspedes (era temprano y solo había una persona en el otro extremo). Café con leche, medialunas, tostadas, jugo de naranja, manteca, mermelada y queso crema era el menú, que comimos mientras organizábamos la jornada.

Sin querer irnos de la casona, sabiendo que estuvimos en los mismos ambientes donde no solo uno, sino tres grandes personalidades de la historia política del país habían pasado (Alfonsín recibió en 1962 la visita de Illia y Balbín) y con las ganas de aprender mucho más sobre esa época donde yo ni había nacido, nos dirigimos hacia la plaza de Chascomús ya que a las 11 de la mañana comenzaba una visita guiada organizada por la Secretaría de Turismo.

Nuestra guía, Perla, nos contó sobre los inicios de la ciudad, el por qué de ´Chascomús´ (quiere decir agua muy salada en idioma nativo, en alusión al sabor del agua de la laguna), el primer fuerte, la fundación del poblado y por supuesto de los edificios representativos. Por ejemplo, la Catedral de Nuestra Señora de la Merced (de 1832 en estilo neoclásico), el Banco Nación (de 1908 en estilo francés), la Municipalidad (obra del famoso arquitecto Salamone, de estilo ecléctico y fecha de fundación 1939), el Teatro Brazzola (de 1942), el club de pelota paleta (construido por los inmigrantes vascos en 1925) y la casa de Casco (de estilo virreinal, la primera casa de alto de la ciudad).

Entramos a esta última, visitamos las diferentes salas, los dos patios -particularmente sin aljibe como en las construcciones típicas- y la cocina. La guía nos contó algunas anécdotas de la familia Casco y sus diferentes técnicas de defensa frente a los ´malones de caballos´ como por ejemplo el tamaño de las puertas que impedían el ingreso de hombres montados o el sistema de escalera rebatible para subir a las habitaciones del primer piso.

También nos llevó al mural en honor a Raúl Alfonsín, ubicado en uno de los laterales de la Municipalidad y a la que fuese su última casa en Chascomús, cedida por el gobierno local mientras era el primer mandatario del país.

Volvimos a la zona de la laguna, previo haber pasado por una panadería para comprar el almuerzo (sandwiches de miga veggies) para visitar la capilla de los negros, fundada en 1862 por los esclavos libertos de Chascomús para poder llevar a cabo sus ritos religiosos. Conserva el piso de tierra y se sigue iluminando con velas como en esa época.

Frente a este templo hay una feria de artesanos que abre los fines de semana y cruzando la calle, una bonita área de parque para hacer un picnic frente a la laguna.

Emprendimos el regreso a nuestros hogares, no sin antes hacer una ´parada técnica´ en el famoso parador Atalaya y comprar las clásicas medialunas de la Ruta 2 para la hora de la merienda.

A nuestro fin de semana en Chascomús no le faltó nada: historia, gastronomía, tradición, naturaleza, política, arquitectura y por supuesto serenidad y tranquilidad que tantas veces necesitamos la gente de ciudad. ¡Un destino más que recomendable para descansar!

Cómo llegar a Chascomús: Desde Capital son 127 km, la opción más rápida es tomar la Autopista Buenos Aires-La Plata y luego la Autovía 2 (en total hay tres peajes). Después de Atalaya, 3 km hasta la entrada a la ciudad, por calle Juan Manuel de Rosas, 6 km hasta la Plaza Independencia.

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