Ser vegetariano en Nueva York: almuerzos en lugares icónicos y cenas con acento italiano

¿Cómo podría sintetizar a Nueva York en una sola palabra? Un poco difícil… aunque creo que multifacética podría encajar bastante bien. Y si me refiero a la gastronomía, esa palabra viene de maravillas.

Solo estuve tres días en esta fantástica y caótica metrópoli, pero aproveché cada minuto para al menos llevarme lo más ‘famoso’ guardado en mi memoria… aquello que había visto en tantas películas y series a lo largo de mi vida. Es que estar en Nueva York para mi fue como estar dentro de un set de filmación: el Empire State, Central Station, el Central Park o Times Square me hicieron sentir una celebridad.

Pero hablemos un poco de comida, o mejor dicho, de mis experiencias como vegetariana en Nueva York. Llegamos un mediodía procedentes de Florida (mientras vivimos en Delray Beach durante tres meses) y nuestro hotel quedaba muy cerca de Times Square, así que teníamos muchísimas opciones gastronómicas para elegir.

Como nos habíamos levantado temprano y queríamos dormir una pequeña siesta reparadora, nos decidimos por un restaurante justo a la vuelta de nuestro alojamiento. Por fuera, el lugar ‘no decía nada’ pero una vez en el interior, viajamos inmediatamente a Inglaterra durante el siglo XIX. Estaba muy bien ambientado en esa época, con muebles y vajilla decorada, sillones de terciopelo, vasos como los de la casa de mi abuela y un menú bastante británico también. Me pedí un sandwich vegetariano con papas fritas y a descansar un rato.

El bonito restaurante victoriano donde almorzamos el primer día en Nueva York.

Por la noche paseamos por la famosa calle Broadway hasta Times Square, con sus carteles luminosos y su bullicio a toda hora. Para la hora de la cena, fuimos a uno de los tantos restaurantes italianos o ‘trattorias’ que abundan en la zona. El menú: unas ricas pastas con salsa mediterránea.

Segundo día en Nueva York y el plan era conocer la Estatua de la Libertad. Así que, desayunamos frente al hotel (no tenía incluido el desayuno) y nos tomamos el metro hasta Battery Park. El recorrido incluía el paseo en ferry -similar al que habíamos usado en San Francisco para ir a Alcatraz- la entrada a la ‘mitad’ de la estatua (para subir a la corona hay que sacar el ticket con mucha anticipación ya que los cupos diarios son limitados) y la entrada al museo de los inmigrantes en Ellis Island. Para cuando terminamos todo el paseo era el mediodía y moríamos de hambre.

Así que, atravesamos el Battery Park y a pocos metros del famoso ‘toro de Wall Street’ almorzamos en un subway como muchos oficinistas de la zona. Al terminar, caminamos un poco por la calle Broadway hasta el parque donde está el ayuntamiento (City Hall) y girando a la derecha nos encontramos con la entrada del… ¡Brooklyn Bridge! Estaba bastante concurrido pero eso no nos impidió atravesarlo y sacar muchas fotos desde diferentes ángulos. Del otro lado del puente buscamos la estación del metro que nos llevaría de regreso al hotel y fue lo único que conocimos de Brooklyn (ya habrá otras oportunidades para regresar).

Tras la siesta obligada, salimos a buscar un lugar para cenar. ¿Qué elegimos? ¡Otra trattoria! Son una de las mejores opciones para vegetarianos y además no tan costosas como otros restaurantes de la ciudad. Pero en este caso el menú elegido fueron pizzas: yo me pedí una vegana (sin muzzarella) que tenía champiñones, aceitunas y tomates. Como aún era temprano, decidimos ir a tomar unas cervezas a la terraza del hotel, que tenía un bar muy bonito desde el cual se podían ver los edificios iluminados de una ciudad que nunca duerme.

La barra de tragos en el bar de la terraza del hotel.

Pero nosotros sí nos acostamos temprano porque el tercer día en Nueva York sería bastante intenso, todo un recorrido a pie por diferentes atracciones de Manhattan. Desayunamos y salimos hacia la primera parada: Rockefeller Center con su ‘top of the rock’, luego caminamos por la conocida 5th Avenue, hasta la biblioteca pública (que me encantó) y después fuimos a Central Station, pero antes nos quedamos admirando el Chrysler Building.

Como era momento de almorzar, decidimos ir al subsuelo de la estación de tren, donde tienen un ‘patio de comidas’ (dinner court en inglés) con diferentes opciones de fast food. Elegimos una cadena bastante conocida llamada Shake Shack que tiene hamburguesas veggie de champiñones. Al terminar, desandamos el camino hasta Bryan Park y continuamos hacia el Empire State. Muy cerca de allí, el último destino del día: Madison Square Garden, un mítico lugar que siempre quise conocer como fanática del boxeo que soy, pero que solo pude admirar desde el exterior porque no había ningún evento deportivo por esos días.

Regresamos al hotel con unos frapuccinos en la mano, así nos sentíamos un poco más locales y a descansar de haber caminado tanto. Por la noche, cambiamos lo italiano por lo asiático, ya que fuimos a un restaurante de comida tailandesa, donde me pedí un bowl vegetariano con fideos de arroz y verduras que estaba bastante bueno.

El último día en New York prometía también ser muy bonito. El plan: visitar el Central Park. Era sábado y estaba soleado… así que compramos comida en un local en la esquina del hotel (una ensalada mediterránea en mi caso) y caminamos por la 7th Avenue hasta el pulmón verde de la ciudad.

Cruzamos el Puente Gapstow, pasamos por la fuente y la terraza Bethesda, fuimos a Strawberry Fields, conocimos el monumento a Alicia en el país de las maravillas y tanto más… una pena que no pudimos visitar el castillo Belvedere, porque había un evento esa tarde (una especie de creamfields) y la mitad del parque estaba vallado. Pero eso no nos impidió seguir camino, almorzar en un banco a la sombra de un gran árbol y aunque sea entrar al hall central del museo de historia natural, conocido por sus esqueletos de dinosaurios.

Tras ello, caminamos por Central Park West hasta Columbus Circle y entramos al Time Warner Center, un centro comercial bastante lujoso donde nos dimos el gusto de tomar un café en una bonita cafetería.

En el Time Warner Center había un mercado orgánico enorme.

Ya era momento de regresar al hotel para buscar nuestras valijas e ir al aeropuerto, donde debíamos tomar un avión que nos llevaría a nuestro próximo destino: Portland, Oregon. Por supuesto, con la promesa de regresar a Nueva York algún día y seguir admirándola como se merece.

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