Ser vegetariano en… San Andrés de Giles y Azcuénaga – Caminata típica de pueblo y almuerzo en restaurante con gran historia familiar

En esta oportunidad les cuento mi experiencia como veggie en una ciudad con alma de pueblo y en un pueblo con mucho encanto. Ser vegetariano en San Andrés de Giles y Azcuénaga para mi fue sinónimo de historia, tranquilidad y familia.

En otras épocas, con calor sofocante no hubiese salido ni a la esquina, pero con tantos meses de encierro ahora me animo a pasear y pasar el día fuera de casa en pleno febrero…

Pero no voy sola, sino con una de mis compañeras de aventuras, mi amiga Claudia. Café para llevar y empieza el recorrido hasta San Andrés de Giles un sábado bien temprano para evitar un poco el calor y el tránsito de temporada alta.

Llegamos a San Andrés de Giles casi sin darnos cuenta (un poco por la charla en el camino y otro porque no vimos un cartel de la ruta que indicase dónde estábamos). Esta localidad del oeste de la Provincia de Buenos Aires nos recibió con la tranquilidad que caracteriza a las ciudades con alma de pueblo

Gente haciendo las compras, charlando en las esquinas, algunos a caballo con su ropa típica de gaucho, otros en bicicleta y con boina; postales que estamos acostumbradas a ver de tanto recorrer los pueblos bonaerenses pero que nunca nos cansaremos de admirar y disfrutar.

La primera parada está a unas pocas cuadras de la terminal de micros de Giles (así le dice todo el mundo, sin el Santo adelante), el edificio del Tiro Federal. No había conseguido demasiada información antes de llegar pero vi una foto y me quedé asombrada porque era como un castillo… y ya saben que para mi en otra vida o fui princesa o fui dueña de una casona en plena pampa. Así que no pude con mi genio y decidí ir a visitarla.

El portón semiabierto nos invita a entrar, con mucho respeto pero también curiosidad, al predio. Preguntamos a un grupo de personas que estaban a lo lejos si se podía pasar y nos dicen que sí. ¡Ya teníamos el permiso!

Lo primero que vemos es un jardín lleno de palmeras y una enorme fuente de agua vacía. Y detrás, un edificio de ladrillo visto que bien podría ser de esos que están en Europa entre picos de montaña. Nos quedamos un ratito mirando el lugar, pensando que estaba abandonado… hasta que llega Diego, que se presenta como el presidente del Tiro Federal de Giles. Allí nos cuenta un poco sobre la historia del edificio y que antes de la pandemia había mucha actividad, no solo para aprender “shooting” sino también cursos de primeros auxilios para la comunidad. El calor ya se empieza a sentir y nos despedimos de Diego, prometiendo regresar algún día a ver el edificio en funcionamiento.

El «castillo» del Tiro Federal de Giles

A pocas cuadras de allí, la plaza del centro, la típica que tienen todos y cada uno de los pueblos/ciudades que visitamos (salvo contadas excepciones). Estacionamos el auto en una de las laterales a la plaza, donde encontramos algo de sombra y dimos la vuelta a la manzana para encontrar los edificios habituales: la Parroquia San Andrés Apóstol, de ladrillo visto y una torre tipo chimenea; la sucursal del correo en una esquina, el infaltable Banco Nación…

Destacao dos edificios que me parecieron fascinantes. Por un lado la Municipalidad. Señorial por donde se la mire, aunque un poco descuidada, una especie de patio delantero (al que entramos porque la reja estaba abierta), balcones y hasta una torre con un reloj… una verdadera joya.

La señorial Municipalidad de Giles

Por el otro, actualmente una casa de electrodomésticos y muebles, pero que detrás de la marquesina roja se ve que en otras épocas fue un negocio muy importante. Se puede leer el nombre de, quien creo, ha sido su fundador: Casa Nicolás Méndez & Cia. Y una fecha: 1879. Me animo a ingresar, ya que no había mucha gente a esa hora y me quedo con la boca abierta al mirar al techo y encontrarme con un vitral redondo azul, original, porque tiene también el nombre de ese Méndez que imagino habrá sido un gran comerciante. En el interior del local se conservan escaleras de madera como las de antes y si caminamos por Moreno encontraremos los que serían los galpones de ese comercio.

Continuamos con nuestro recorrido por la plaza y nos detenemos en la siguiente esquina para un desayuno rápido (yo me pido un exprimido de naranja para refrescarme un poco). Justo en frente, en la plaza, había un puesto de información turística, pero lamentablemente estaba cerrado.

Cuando terminamos el desayuno caminamos un poco más por las calles del centro, siempre por las veredas de la sombra, y encontramos algunas joyas, como la Sociedad Española, una cochería que databa de 1904, una casa que tenía una torre tipo mirador, la Sociedad Italiana y hasta un galpón donde vendían antiguedades y muebles de época.

Subimos al auto y a 5 minutos en dirección norte llegamos a la vieja estación de trenes, lamentablemente abandonada y sin siquiera el cartel que nos indique el nombre del pueblo. En frente, una pulpería llena de parroquianos, que disfrutaban de una bebida a la sombra de una parra.

No nos detuvimos demasiado ya que era el mediodía y además del calor agobiante había que seguir recorriendo. Siguiente destino: Azcuénaga.

Este pueblo está a solo 10 minutos de Giles (de la estación donde estábamos) y se accede por un camino provincial en mejor estado de lo que creía, aunque con varios baches y curvas, hay que ir despacio.

Ni bien llegamos un cartel nos da la bienvenida… tomamos la calle principal, la Avenida Pedro Terrén. A mi izquierda, casas antiguas y algunos restaurantes con mesas afuera… a mi derecha, verde, árboles, muchas motos estacionadas y más mesas con gente disfrutando el almuerzo.

Decidimos esperar unos minutos para comer y nos dirigimos a la plaza local. Mucha tranquilidad, con una Capilla muy bonita con ladrillo visto y gran capacidad para ser un pueblo tan pequeño (poco más de 300 habitantes). En la esquina de la plaza, un puesto de regionales al que no me pude resistir.

Hermosa capilla de Azcuénaga

Allí nos atiende un señor ya entrado en años que se presentó como “el chueco”, nacido y criado en Azcuénaga. Con sus 72 años vende mermeladas, miel, huevos de campo y quesos en un puesto, el único de toda la plaza. Nos cuenta sobre su vida en el pueblo y se lo ve realmente orgulloso de ser azcuenaguense. Con ciertas provisiones que nos llevamos de recuerdo, desandamos el camino para llegar al lugar donde ya teníamos reservado el almuerzo.

Se trata del restaurante Almacén CT & Cia. Allí nos recibe Lucas Coarasa, uno de los dueños del establecimiento, quien en seguida nos empieza a contar la historia del lugar, muy ligado a su familia.

Todo comenzó cuando los Terrén, llegados de España, abren un almacén en el incipiente pueblo de Azcuénaga (que se fundó con la creación de la estación de tren). Libros de contabilidad de aquella época se encuentran en la entrada del restaurante, como un pequeño museo familiar, y son testigos silenciosos con más de un siglo de vida…

Luego, arriban otros integrantes de la familia, entre ellos, Rafael, abuelo de Lucas. El padre de nuestro anfitrión, Enrique, también formó parte de esta gran aventura. Según nos cuenta el RRPP, mozo, contador de historias y fotógrafo Lucas, él no llegó a ver al Almacén en su máximo esplendor, pero sí escuchó muchas anécdotas de la época dorada de este edificio. Y muchas de ellas las cuenta con tanta emoción que llegan al alma.

Junto a sus 9 hermanos (él el noveno), decidieron cumplir el sueño de su padre, ya fallecido. Y así es como todos unidos limpiaron, remodelaron y pusieron a punto lo que hoy se conoce como “El Almacén CT & Cia”. CT significa Coarasa Terrén, los apellidos familiares.

Mientras esperamos que nos sirvan la entrada recorremos un poco el restaurante, con sus paredes repletas de fotos de hace varias décadas, algunos documentos originales (entre ellos actas de matrimonio, certificados de buena conducta y libretas de enrolamiento) y es como viajar en el tiempo. También nos llaman la atención los platos y las botellas de vino “con dedicatorias” y le preguntamos a Lucas de dónde surgió esta tradición. Él nos cuenta que muchos comensales ya son amigos de la casa, incluso que se saben hasta sus gustos, y que un día decidieron “autografiar” los platos que se cascaban y no podían usarse para servir.

Entre historia e historia llega la picada vegetariana: variedad de quesos, berenjenas al escabeche, habas, aceitunas y unas croquetas riquísimas!

Riquisima picada veggie en El Almacen CT & CIA

Poco a poco el lugar se empieza a poblar (es mejor reservar) de comensales. Algunos, como nosotros, son nuevos, entonces recorren el restaurante y se maravillan con los recuerdos en blanco y negro de las paredes. Otros se sientan, saludan y piden «lo de siempre».

Siguiente paso del menú: el plato principal. Por un lado unas brochettes de verdura muy coloridas: tomates cherry, zanahorias, cebollas, berenjenas, zucchinis, morrones… todo sobre un colchón de papas fritas y una perfecta decoración. Por el otro, unas pastas: sorrentinos rellenos de calabaza y queso con salsa mixta. De esos que con el primer mordisco te das cuenta de que son caseros caseros y bien frescos… una total delicia que aunque abundante, nos terminamos con todo gusto.

Primeros platos… brochettes y pastas ¡Todo vegetariano!

Seguimos disfrutando de la ya tarde en este hermoso restaurante, mirando por su gran ventanal, viendo cómo Lucas iba a de acá para allá hablando con todos los clientes, contando sus anécdotas, logrando que la experiencia en el Almacén no sea solo gastronómica.

Y así llegó la hora de los postres. Yo me pedí un brownie con helado y Clau una tarta de manzana, también con helado. Estábamos tan a gusto que no nos queríamos levantar de la silla y despedirnos del almacén. Pero ya era momento de emprender el regreso para evitar el tráfico del atardecer.

Y nos dimos el gusto de probar lo dulce!

No sin antes charlar un rato más con Lucas, quien nos cuenta que actualmente están sirviendo un menú fijo (entrada, pastas o parrilla y postre) y que en breve esperan volver a su menú habitual, con más opciones a la carta. Después de estar cerrados casi todo el 2020 se están reacomodando y ofreciendo esta opción para que se puedan disfrutar los principales platos del almacén. Seguramente volveremos en alguna otra ocasión!

El Almacén CT&CIA se encuentra en la Av. Terrén y Vildasola (Azcuénaga); abre sábados y domingos mediodía y sábados a la noche. El menú fijo (febrero 2020) tiene un costo de $1500 para mayores y $800 para menores. Incluye entrada, plato principal (pastas o parrilla) y postre.

Antes de regresar no podíamos dejar de pasar por la estación de trenes, que dejó de funcionar normalmente en 1978 para pasajeros (y para cargas en 1991). Esta vez sí nos encontramos con el cartel que confirma donde estamos y es la imagen que decido poner como portada de esta crónica.

Dos horas más tarde, ya en mi casa, me alegro de haber pasado este día en un lugar tan lleno de historias y sobre todo de conocer a gente como el Chueco o como Lucas, orgullosos del pueblo que los vio nacer y que siguen apostando a esas callecitas de tierra, a conocerse con todos los vecinos y a contar sus historias a todos los que están dispuestos a escucharlas.

Para llegar a San Andrés de Giles desde Capital (Obelisco) son poco más de 100 kilómetros. La mejor opción es Acceso Oeste (ruta 7). Y desde Giles a Azcuénaga son 12 km (15 minutos) por camino provincial mejorado (no de tierra). Para regresar desde Azcuénaga a Capital se puede ir por Ruta 8 y luego Panamericana (125 km).

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